El 16 de octubre, en la Universidad de Montreal, se presentará el libro: El árbol y la escarcha, la primera antología de textos literarios de autores cubano-canadienses. El libro ha sido editado por los escritores cubanos Norge Céspedes y Ana Nuñez, directora de Cristálida Ediciones. Publicamos esta reseña de la obra.
Por Derbys H. Domínguez Fragela (poeta y ensayista cubano)
Pasan los días y el mundo se reduce a fragmentos, sombras, quejas de muertos, fantasmas, ruinas por armar o reconstruirse, hombres y mujeres recogiendo, con sus manos descubiertas, la ceniza quemante, ardiendo, que brota en cada objeto; el Poder y nosotros —la humanidad, desamparada en pleno— alrededor.
No es menos cierto, después de la Primera y Segunda Guerras Mundiales quedamos más desprovistos de futuro que provistos de pasado, y sin presente: era la hecatombe, el desastre mayor a urbanizarse, al cual debíamos dar forma para que fuera habitado; quedamos, en fin, ante un nuevo orden mundial, saqueados o indefensos, huérfanos, abandonados, faltos y carentes de nosotros, atención, resguardo, cobijo, defensa o amparo, aunque las quimeras, ensueños o fantasías ideológicas sostuvieran nuestra razón encima de una genuina idea de la Tierra, cómo debiera funcionar, y organizarse.
¿Cuál utopía que no arranque o nazca en la búsqueda perpetua e inmemorial de hombres y mujeres por quitarse de encima —despojo histórico— cualquier atadura que los subyugue o condene, acentuando nuestra congénita esclavitud más allá de aquellos elementos humanos y naturales que nos condicionan —aunque las políticas estatales ante las que debamos responder consideren necesario el amarre y ordenen obediencia— podrá ser eficaz, productiva, legítima?
Somos lo que pudo ser y no fue, y allí, en ese interregno o desierto político, rotura o quiebre ideológico entre lo que pudimos haber sido e indefectiblemente no sucedió, queda nuestra insuperable identidad, la casa que buscamos y ni en sueños aparece o podemos encontrar.
Creo que es el cuerpo, la anatomía, el único sitio al que pertenecemos (o podríamos pertenecer), origen y destino, vehículo de órganos que en el espacio flotan, donde la carne guarda el recuerdo de cada acontecimiento desde que nacemos, incluso antes, cuando aún éramos latido (o sensación) en el vientre de quien nos dio a luz y por nosotros se hizo madre. Será porque la memoria, Paraíso ideal, señero, inmejorable, no queda en la cabeza, como errónea e históricamente se ha pensado, sino regada, o mejor, incrustada, fija en los intersticios y superficie de la piel (capa o manto hipersensible que cubre, protege y guarda los secretos de nuestra existencia, el misterio o los enigmas que nos sostienen, quienes somos).
“Emigración” es la palabra que el sentido común encontró para determinar los recorridos que un individuo emprende al abandonar su país, digamos el lugar germen o fuente, el terruño donde nació; usemos la voz sagrada, de mayor peso y significación, la Patria, en busca de horizontes u oportunidades, en ocasiones distantes, e incluso imposibles de asir o tocar, y por ello —en el plano de las ilusiones— miden lo mismo que las entelequias impuestas por los Estados y asumidas como obligación, resultando equivalentes a la distancia atravesada durante el trayecto de la nación raíz al país residente, que acuna o recibe, la trans Patria, diré, en pos de aquello que, por sencillo, no se encuentra o no hay donde se nace. El sujeto de esa representación pasa a llamarse emigrante y cuando la fuga —o travesía— contempla a más de uno, será éxodo, diáspora, exilo en masa.

El cuerpo de una mujer que nació en Cuba y emigró a Canadá, ¿qué escribe? El cuerpo de un hombre que abrió los ojos por vez primera en La Habana, Guantánamo, Cienfuegos, Camajuaní o Bayamo; allí aprendió a hablar, fue a la escuela y estudió, licenciándose como ingeniero, médico, periodista, filólogo o historiador del arte a fines del silo XX, y desde comienzos del XXI reside en Montreal, Ottawa, Toronto, Calgary o Quebec. ¿Qué escribe y por qué?, ¿cómo?, ¿en qué idioma?
Ana Núñez González (La Habana, 1971), Fernando Lobaina Quiala, (Guantánamo, 1963), Francisco García González (La Habana, 1963), Hebert Poll Gutiérrez (La Habana, 1977), Ihosvany Hernández González (La Habana, 1974), Lídice Megla (Camajuaní, 1968), Lizandro Arbolay (Cienfuegos, 1980), María Karla Águila (Cienfuegos, 1995), Yansulier García Álvarez (Cienfuegos, 1983) y Yordanis Domínguez Báez (Bayamo, 1983) son los escritores que integran El árbol y la escarcha. Muestra de autores cubano-canadiense (Cristálida Ediciones, 2026).
No escriben en inglés, ni usan los beneficios del francés en cuanto a similitudes con el castellano; reconcentrados e implicándose en el español, comprometiéndose con la lengua de Cuba y la historia de esa Literatura, la Isla a la que corresponden mira, habla, se mueve y camina, alcanza categoría de sujeto, y ser independiente, conversa o dialoga, expresa su ancestral, rugosa terquedad a través de quienes, mediante trazos verbales amasan el idioma, educan las palabras, o domestican la ferocidad, el desaliento, la aspereza del trópico en la nieve que a su vez les devuelve, espejo invertido, traspuesto, su intercambiable fisonomía, faz personal e indisoluble donde —marcas o cicatrices de la ineluctable semejanza o compatibilidad identitaria a la que no pueden escapar (o sustraerse) ni siquiera desapareciendo al interior de las profundas o delgadas distancias— han quedado presos en busca de poemas o cuentos escritos —reescritos— dentro de habitaciones rentadas o adquiridas a sueldos irrisorios; en el supermercado durante la compra; o desayunando donde el Subway quede; en medio de la calle, mientras cruzan Saint-Paul o Sparks Street, limpísimas e iluminadas, en las que, por cierto, abunda, quizás sobre, es legítimo decirlo, el fluido eléctrico en relación con San Lázaro, Ayestarán, o 23 y 12; en la mesa de la oficina o dentro del aula, de pie, al dictar su clase para la Universidad; o disfrutando la Beca obtenida a fuerza de sudor, lágrimas, agostos, sangre, angustiosas primaveras.
Sobre agitadas cuartillas, el contenido de lo escrito, más que verso o prosa, adquiere, sin dejar de ser literatura, apariencia de manchas o borrones pegados e incrustándose a las sombras que —en lontananza— proyectan sus cuerpos al reinventar Cuba para que exprese la poliédrica y desgarradora sustancia que conforma, los vericuetos de los que fue hecha y la perpetúan (en el tiempo), Isla del trópico, al fin, tórrida y menuda, acomodándose al nuevo devenir, ondulaciones, ritmos, tempos, frases (o fraseos), pigmentaciones o cromatismos, clima, olores, el frío de lo canadiense, sin perder lo que la instituye y funda: el visceral tropicalismo de alta resolución y concomitante estallido que arde en variopintos fulgores.
El libro reúne cuentos de Lizandro, Ana, María Karla, Fernando, Yansulier, Ihosvany y Francisco (en la sección “La lengua de la tribu”) y conjuntos de poemas de Lídice, María Karla, Hebert, Ihosvany y Yordanis. Entre género y género, ilustraciones que, desde la portada, esclarecen la delgada línea que los separa, la fragilidad que los une y aparta.
Núñez González y Norge Céspedes, artífices del proyecto, a manos de quienes corren la selección y el prólogo, articulan un Muestrario —no del Mundo, mucho menos del libro de las maravillas de Boloña— donde, más que unir o poner a dialogar, frente a frente, cuentos y poemas en los que el dato personal de los autores, o la más peculiar manifestación biográfica, de índole descriptiva o relatora, deriva en documento insoslayable, de primer orden para cualquier lectura; piensa, a manera de recipiente letrado, gráfico, dentro del cual cabe, en miniatura, la realidad cubana de hoy, sus protuberancias o deformaciones, reproduciendo —trasplante emocional de las aguas que contemplan el mar Caribe, su cuenca, al Norte norte de las Américas (casi frente a Groenlandia)— los cráteres de nuestro acontecer nacional, sus características en el mundo a través del impulso oral y la acción escrita de diez cuerpos nacidos en Cuba que se hicieron de papeles, visas (documentación y permisos), dinero, en este caso dólares, donde no los hay o se le demoniza por ser la moneda del enemigo, subieron a un avión y se mudaron a Canadá, refugio en el que a pesar de Stephen Harper, Margaret Atwood, y el Polo escriben, o mejor, no han dejado de escribir, no pueden.
Se debe afirmar que emigraron para mirar la Isla, y lo que encierra (o simboliza) el Caribe, con sus vidas dentro, el principio suyo, comienzo al que (causa o matriz “matria”), solo pueden concernir —con mayor indulgencia o sinpiedad—, incluyendo el precio de haber saltado al vacío para caer, de pie o cabeza, no importa cómo, pero al fin caer, sumando el pertinente susto en el estómago —esto quiere decir profundidad, honestidad, coraje, sin misericordia o conmiseración alguna.
Ganaron, mediante el viaje, “la deserción” o el simple escape un apreciable grado de independencia a través del cual pueden observar con absoluta libertad, leer y releer, e incluso reescribir —¿qué es si no lo hecho en las noventa páginas del libro?— su relación con el espacio originario, patria, piel (o epidermis), país, masticándolo —quiero decir, pensándolo— de manera crítica para darle sentido. No parece que la mudanza haya aliviado (o sofocado) ni siquiera reducido el ímpetu (o desborde) acusador, examinante y de carácter fiscalizador, con respecto a la nación de la que llegaron.
La distancia real y simbólica que separa a La Mayor de las Antillas de la porción geográfica más al Norte del Continente Americano, minutos antes de arribar a la región Ártica —con EE.UU por medio— será mejor decir las distancias, el conjunto de complejas diversidades y pluralidad, sus multiplicidades, subraya la condición insular y cubana de los escritores, detiene “el suceso en su punto de máxima saturación”, como quería Teodoro, el personaje de Virgilio Piñera en El conflicto y aquello que la salida, la marcha, el acto de emigrar anunciaba o pudo haber anunciado en cuanto a cambios, oportunidades o posibles rupturas con la existencia vivida antes de subir al avión, acrecienta su fuerza, se hace mayúscula y pesada, grave, insoportable.
En el equipaje que prepararon, quizás la noche anterior, o durante meses y años, con mucha cautela, quién sabe si pusieron las obras completas de Martí; discos de Benny Moré o Celia Cruz; fotos e imágenes de la palma real; la bandera y el escudo a escala natural, o en pequeñas reproducciones; un poco de tierra, o nada; dejando el espacio de la maleta para esos menesteres vacío. Eso que sí no pudieron dejar ni sacar, a fuerza de sobrepeso, fue, creo, el objeto Isla de Cuba, convertido en sujeto solo posible como ser literaturizado, o que en su ausencia obliga —obligará— a encarnar su doble difuminándose en literatura.
El cuerpo humano, herramienta móvil y su locomoción, ha ido, desde el primer éxodo al día de hoy, cambiando la lógica e imperturbable fijeza de la Geografía, aquella (entretenida) asignatura que en la escuela nos enseñaba a leer los mapas y la bola del mundo al derecho, —como dictaba la maestra, portavoz de normas y reglamentos oficiales— dónde quedaban los países, con ellos la Historia (pública) que los sustentaba; alrededor de los organismos y su anatomía,(carne a la intemperie), y llenando el espacio, la literatura, desde Homero, pasando por Dante, el Inca Garcilaso de la Vega o Silvestre de Balboa, Emily Bronte o Joyce, Alain Grandbois, Juana Borrero, Luisa Pérez de Zambrana o algunos de los poetas y narradores que aparecen en este muestrario, resulta o puede ser comprendida en calidad de eco o metáfora que acompaña el desplazamiento de los cuerpos, su imperecedero trasegar por la Tierra y se le considera memoria de los pueblos.
El árbol y la escarcha no solo es una invitación para que leamos los mapas y la bola del mundo al revés, o en sentido contrario, antagónico, paradójico, antitético, desafiando la voz escolar (o escolástica), allí donde Cuba puede ser una provincia de Canadá; Montreal el municipio invisible o no reconocido de La Habana; Quebec el último pueblo de Las Tunas, Holguín o Baracoa; el archipiélago en pleno, acaso sin saberlo, miembro de la Conmonwealth como parte de Terranova o de la Colombia Británica, y erigen —a la medida de nuestra época—nuevos mapas o bolas del mundo, cartografías (del éxodo y las crisis) cuando las relaciones culturales o mejor, interculturales, el intercambio a través de la literatura y el arte, más allá o por encima de políticas e ideologías (sus proporciones o dimensiones estancas) constituyen a los sujetos, los hacen, permitiéndonos entender el movimiento de hombres y mujeres (su traslación) por la Tierra como eso que La Historia oculta y por lo mismo debe (o exige) ser desentrañado, sino el paso dado, la acción de los dedos en el fuego.
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📅 ¿Cuándo? Viernes 16 de octubre
⏰ Hora: 5:00 p. m. a 7:00 p. m.
📍 Lugar: Universidad de Montreal
🏛️ Espacio: Carrefour des arts et des sciences
📌 Dirección: 3150 rue Jean-Brillant, 3.ᵉʳ piso, sala C-3061, Montreal

