Crónica de una escala metonímica

Detalle de ilustración de Felicia Chiao.

La joven escritora y activista mexicana Nydia Pando ganó el premio de escritura “Presencia Hispana en Montreal 2019” en la categoría no ficción gracias al presente ensayo, donde reflexiona sobre el concepto del lugar y el no-lugar para un inmigrante en relación con su nueva ciudad. Buena lectura (leer la versión en francés)

Por Nydia Pando 

“Un día volví a mi antigua casa para ordenar
algunos paquetes que aún quedaban.
Cada vez que abría la puerta sentía un escalofrío.
Aquel lugar, desde que ya no volvía allí,
había acabado por parecerse a la cara de un extraño.
Silenciosa y oscura, no hay vida.
¿no es como si evitaran mirarme todas
aquellas cosas que estaba acostumbrada a ver?
En vez de decir: ‘hola, ya estoy aquí’,
debo entrar de puntillas, diciendo: ‘¿molesto?’.
Mi abuela murió,
y con ella murió también el tiempo de aquella casa.”
Kitchen, Banana Yoshimoto.
ddd.

Me duele estar lejos de casa. Casa es la familia y la familia nunca se abandona, le dije a mi sobrina cuando llorábamos nuestra tristeza más grande. Me duele estar lejos de casa porque casa es mi lugar y el lugar es un espacio simbólico al que le otorgamos la importancia de existir con esos signos alrededor de él. No se puede imaginar el espacio sin su historia. Lo aprendí en ese poema de Cavafis hace ya mucho tiempo: la ciudad te persigue. Ahora reafirmo que si un espacio simboliza dolor, ese dolor se conserva y que te sigue adonde vayas: la persecución es latente. Pero la teoría del espacio (que leo en mis clases de maestría en francés y cuyos autores y autoras olvido de inmediato porque todos los nombres me suenan igual) dice que convertir un lugar simbólicamente habitado por una emoción no es sólo volverlo viable, sino también vivible. Se vive donde se siente. Se habita el lugar que nos despierta las emociones.

Entre otras de las cosas que dicen estos textos anónimos en mi cabeza (que además funcionan como voces sin timbre que cruzan umbrales y cuyo tono de voz todavía no reconozco como un alguien sino como un algo; entre otras cosas, pues) hablan de los no-lugares y los de(s)-lugares. Los primeros son los que existen sólo de paso: los aeropuertos, las estaciones de tren, las estaciones de metro. Son de las que hablaba Miguel Ángel Hernández Navarro en su novela Intento de Escapada: ahí donde habitan las no- personas, de alguna forma escalofriante: donde reposan los que no tienen casa, los que no tienen lugar. Los no-lugares son los espacios donde, literal y metafóricamente, transitamos; vamos de paso, los desplazamos pensando en los (sí) lugares adonde llegaremos después de esta especie de desafío, de puente, de cruce. Los de(s)-lugares, en cambio, son los lugares donde ya nadie habita; son los espacios que vivieron una historia pero que ya no pueden ser habitados, que ya no se sabe cómo habitar, que se han abandonado; que ya nunca volverán a ser lo que fueron. Todo espacio cargado de una memoria simbólica construye un lugar. Me quedo pensando ahora qué espacio se puede convertir en qué lugar. Con qué derecho podría hacer un prostíbulo en Auschwitz. Pero cómo no imaginarse más de un par de ellos en las calles de Ciudad Juárez,  ahí  donde nos han asesinado a nosotras  tantas veces. En Serbia, visité una especie de museo en Kalemagdan, un lugar que alguna vez fue una fortaleza que, entre tantas otras batallas, intentó proteger al pueblo de Belgrado de la invasión turca. El Danubio golpea sus ladrillos. La fortaleza del campo de batalla (significado original del nombre), tenía unos subterráneos donde la gente se refugiaba para el batallón (no es conveniente creerme mucho esta referencia histórica). El asunto es que una guía me contó que el museo había quebrado y ahora sólo hacían tours para las personas extranjeras que visitaban Belgrado. El museo había quebrado porque nadie más lo visitaba: nadie quiere ir a encerrarse debajo de la tierra a escuchar sobre el dolor (a menos que el morbo te gane, como en ese museo en Berlín al que fui a escuchar sobre el llanto de los judíos y la crueldad alemana). Me confesó que tiempo atrás había sido una discoteca pero ahí se llenó tanto que tuvieron que clausurarlo. La gente se ponía muy borracha (fama común de los serbios) y la anábasis escabrosa porque muchos escalones están rotos. Con Bachelard aprendí que la guerra, el sexo y la fiesta van de la mano. Un museo estaba destinado al fracaso, quise decirle ese día a la guía pero tantas veces peco de hocicona. En Toulouse, muchas iglesias se convirtieron en bares y bibliotecas en los últimos años: buscar el sentido conservó su propósito en el espacio. Los indígenas en ese templo de Santa Mónica en Guadalajara, me contó un amigo, pintaron santos cristianos encima de sus propias deidades. ¿Quién se encarga de darle la condición de lugar a un espacio? Quién querría vivir en un lugar así, pensaba al ver un documental de un grupo marginado que habían mandado a vivir en un territorio en Polonia que solía ser campo de concentración. Pero por qué no. Los lugares son sólo espacios simbólicos, me digo. El de(s)lugar es simbólico pero puede más el deseo de un refugio que el símbolo del espacio. Podemos elegir qué recordar. El lugar es como un recuerdo tangible. La casa de mi abuela es uno de los recuerdos tangibles más hermosos que tengo de mi infancia. No estoy segura de por qué he olvidado tantas cosas de mi infancia y trato de recordarlas como una disciplina desde los últimos meses. A veces tengo miedo de encontrar algo que me bote la canica por completo. La casa de mi abuela no es la casa de mi abuela ahora que mi abuela no está. La casa de mi abuela es la casa de mi abuela aunque abuela ya no está. La casa de mi abuela es mi abuela y mientras la casa sea, mi abuela está. Siempre se me olvidan los significados de las palabras que me gustan mucho porque las asocio con tantas cosas fuera del significado original de la palabra. “Grabado nuevamente”, eso es un palimpsesto: “un manuscrito que todavía conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrado expresamente para dar lugar a la que ahora existe”. Como en el templo. Como en mis cuadernos de niña enamorada en la secundaria. Como en mi memoria y en la biblioteca a la que voy y ya no estás o las nieves de Mexicaltzingo donde mamá y yo tratamos de dar lugar a lo que ahora existe.

Ilustración de Felicia Chiao.

Creo que mi profesor no sabe cómo me conmueve su curso, y cree que me froto mis ojos porque me cansa escucharlo. A veces creo que es mejor que piense eso. Si la gente cree que soy malvada, brusca o cruel, no sabrá cómo hacerme frotar mis ojos otra vez. La idea de que la gente es mala y no hay mucho más qué buscarle la aprendí de papá, que es más bueno que todo lo que existe en el mundo de la bondad y, sin embargo, a veces vio gente ser mala y se frotó sus ojos hasta no poder más. Helen Macdoland tiene un texto tan bonito que lo leo todos los días (H de halcón), para ver si me lo aprendo de memoria. En él, habla de alguien cuyo mundo a su alrededor es extraño. La luz que entra a su habitación le contraria, hay lluvia y a veces se siente como si viviera en una casa en el fondo del mar. El mar, según mi clase de geopoética, es escalofriante porque disminuye al ser humano, hasta que te des cuenta de que el lugar que habitas apenas importa, pero que tener la posibilidad de estar dentro genera una ambivalencia de emociones entre lo todopoderoso y lo insignificante.

Tengo mucho miedo de no estar viviendo el mundo de verdad, por estar viviendo los no-lugares- empíricos (de Marc Augé): espacios de circulación, de consumo y comunicación. Digital. Los teléfonos, pues. Foucault dijo que de todas formas, existían las heterotopías, o los “otros lugares”: lugares y espacios que funcionan en condiciones no-hegemónicas. Lugares para las alteridades. Pero luego Foucault habla de la experiencia del espacio y me dan dolor de panza todas las posibilidades. Azita Ghahreman dice que el mundo no es tan grande y, si lo permites, puedes volver a escribir las ciudades en azul. Pero también dice que los versos cambiaron de rumbo sin ti y yo quiero saber a dónde irá mi escritura ahora que vivo en una casita diminuta en el fondo del mar.

Necesitamos volver todo espacio a nuestro alrededor un lugar porque todo lugar, según Michel Certeau, implica un guiño de estabilidad. Certeau también cuenta en uno de sus textos que, en Atenas, los transportes públicos se llaman “metaphorai”: para ir al trabajo o regresar a casa, explica, los atenienses toman una metáfora (un autobús o un tren).

Uno de los poemas de Robert Frost llamado The death that is the cold night, dice: “The woods are lovely, dark and deep,/ but I have promises to keep,/ and miles to go before I sleep,/ and miles to go before I sleep”. Mi abuela siempre decía que quería volver a su casa después de un largo día porque su hogar era ese lugar donde podía dormir tranquila. A veces no pude dormir tranquila aquí en Montreal. Añoraba volver a casa para dormir sintiendo que todo estaba bien (¿cuándo será el día en que, por fin, todo irá bien?). La primera noche que llegué a casa, casa se había derrumbado y nadie pudo dormir. Mi tío, pilar de mi familia, acababa de morir. En la funeraria hacía frío y mi corazón se hizo tan débil que, cuando por fin me quedé dormida, creí que yo había muerto también. Las funerarias son no-lugares por donde nadie quiere transitar. Volví a Montreal e irónicamente, ahora es donde mejor puedo dormir.

Un poema de Wendy Guerra dice, bonito: “Mira cómo mis lágrimas bajan por la maleta./ [] Veo cómo me maleta medio llena revela/ Mi brújula atormentada”. Hay tanto que recorrer en mi memoria antes de poder descansar otra vez. La gente no entiende por qué rasguño los libros de poesía. Quiero meterme dentro, les digo mientras sigo rasguñando como un perro que se quedó con hambre y quiere arrancar el resto del tazón. Todos los días, tomo un montón de metáforas para ir de un lugar a otro, para resignificar; para encontrar palimpsestos y entender lo que hay ahora por escribir. Siempre hay una relación intensa entre el estado de extranjera en una persona y el delirio. No encuentras tu lugar, es normal volverte loca, me digo a veces. Claribel Alegría tiene un poema para eso: “Tampoco me encontré./ Seguí buscando/ en las conversaciones con los míos,/ en los salones de conferencia,/ en las bibliotecas./ Todos como yo/ rodeando el hueco./ Necesito un espejo.” Carajo, Foucault.

Pero mi espejo van a ser, por decisión propia, las voces que me escuchen cuando escribo este delirio. Mi espejo van a ser quienes se rían con mi historia, con mis palabras. Quienes me digan acá sigues, no se te ha botado por completo todavía. Mi lugar será el reflejo de mi rostro en la ventana de la metáfora a la que tenga que subirme para encontrar un lugar que me quite el dolor de estar lejos de casa. Sin paranoia pero con migas y no como ese poema que quema de Fabián Casas. Mi lugar serán los ojos de alguien que, en alguna parte, en algún rincón, en algún momento, cuando me mire, me haga sentir que no hay más metáforas que tomar, más no-lugares que cruzar, más espacios simbólicos a los cuales aferrarse porque te cuesta soltar. Mientras tanto, como dice Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes: no me curaré nunca de esta guerra.

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La autora en la tarde de la premiación.

Nydia Pando es escritora y activista mexicana radicada en Canadá. Cursa una maestría en estudios literarios en la UQAM. Ha publicado el libro Mis regresos cortos y publica un diario virtual con escritos breves.

Comentarios

  1. […] La jeune écrivaine mexicaine Nydia Pando a remporté le prix d’écriture «Présence hispanique à Montréal 2019» dans la catégorie «non-fiction» grâce à cet essai, dans lequel elle réfléchit sur le concept de place et de non-lieu pour une immigrante dans sa nouvelle ville. Bonne lecture (lire la version espagnole) […]