Una kurda llamada Bolivia y otras vejaciones de Alejandro Saravia

Libro publicado por Editions Urubu en octubre de 2017.

Por Ángel Mota Berriozábal

En la plaza Tertre de Montmartre, como empujado por una curiosidad hacia las obras pictóricas de quienes exponían bajo un sol raro, en esos días lluviosos de marzo, me metí al hacinado de turistas y parisinos, como deseando encontrar algo original entre el caos de clichés pictóricos. Para mi suerte, di con unas pinturas de un colorido excelso, del morado al rojo y azulado, paisajes algo fauvistas de sitios abstractos, cuya textura me pareció sumamente evocativa. No tardó en acercarse a mí el artista, de piel algo morena y robusto. Su acento, al interpelarme, denunció un origen no francés, por lo menos no de nacimiento. En amena conversación sobre el proceso de su obra, me preguntó por mi origen y luego, como con resignación u orgullo −no supe distinguir la diferencia ni por el tono ni por el gesto−, me comentó que era kurdo. No pude menos que asociarlo de inmediato con mi reciente lectura de la novela de Alejandro Saravia: Rojo, amarillo y verde, (Las ediciones de la enana blanca, mi copia es del 2003), la cual me confió el autor, algo renuente, hace unas semanas en su oficina, luego de que fui a verlo.

Sí, el pintor era un kurdo en un París extraño y cuya obra, juzgué, no solo se diferenciaba de todo el resto en la histórica plaza, era, de hecho, la mejor de todas las que vi. De este modo, viajé en mi mente desde la colina de Montmartre a la colina del Mont-Royal, en Montreal, y vi, como obra pictórica en mi mente, las calles recorridas y visitadas por “Bolivia”, un personaje kurdo de la novela de Alejandro. La semejanza y mi viaje no eran una casualidad o algo fortuito.

En la novela Rojo, amarillo y verde, Alfredo Cutipa, un ex militar boliviano del régimen dictatorial de 1980, exiliado en Montreal, decide escribir la historia que vivió en sus años de castrense. Durante el proceso de escritura y rememoración de los hechos que narra, leemos su encuentro cotidiano con las culturas, lenguas y vivencias cotidianas forjadas en las calles, antros, restaurantes y metro de Montreal.  Se yuxtapone así la experiencia cotidiana del presente con la reminiscencia de personas ya muertas, con las que mantiene un diálogo constante. Con lo cual su memoria se confronta, a todo lo largo del relato, con lo que oyó, vivió e hizo como militar en Bolivia. Lo cual lo define como personaje. Vive con la conciencia de haber participado, aún de manera pasiva, en las represiones, violaciones y masacres perpetuadas por la dictadura del coronel Banzer. Es así que se ve perdido en el laberinto de la urbe y, más que nada, de sí mismo. De ahí que, en Montreal, conoce a una mujer kurda cuyo nombre es “Bolivia.” Personaje algo espectral que aparece y desaparece de su vida y con quien las conversaciones giran en torno a la búsqueda o negación de raíces nacionales; Alfredo busca y rechaza un país teñido de sangre en nombre de la patria, y la kurda busca un país que no existe, y por el cual lucha para que sea reconocido, recurriendo a las armas. Dos visiones que se encuentran y chocan en una relación amorosa, más onírica que cierta. Símbolos y metáforas que dan vida el espacio que poco a poco se forja y se vuelve eje de la novela: Montreal.

De ello infiero que mi encuentro con el pintor kurdo tal vez haya sido más ficcional que cierto, aún sí todo parece apuntar a que fue real. Mas, es un encuentro que aún recuerdo. Todavía veo el rostro melancólico del artista, su agradecimiento por mi aprecio de sus obras. “Ramzi Ghotbaldin,  es mi nombre” –me comentó. Los colores de sus pinturas se reflejan en mis ojos, son sensación en mi memoria, como algo que va más allá de la concreción del sitio donde nos encontramos en París, de su Kurdistán original y de mi México y Canadá de origen. Todo lo cual, medité, posee un vínculo estrecho con la novela de Alejandro.

En ella, el encuentro de Alfredo Cutipa con la mujer Bolivia en Montreal se escribe como un hecho casual ocurrido entre dos seres de naciones y culturas muy opuestas y sin embargo que se lían en una relación erógena y fugaz amorosa, en la cual versan debates sobre la noción de la identidad nacional y sobre todo leemos la tensión discursiva de definir y territorializar (darle un territorio a una idea abstracta) dicha noción. Rojo, amarillo y verde son los colores tanto de la bandera kurda como de la boliviana. Alfredo desea explicar todo el simbolismo de esos colores a la chica kurda, los que se oponen a los que les da ella.

¿Era ella la mujer que le hablaba apasionadamente de la liberación de Kurdistán? ¿Era ella la mujer que no tenía patria pero soñaba con tenerla mientras que él tenía una cuyos símbolos él detestaba con toda su alma?

De ahí que en un momento narrativo muy simbólico de la novela, Bolivia, la kurda, le roba unos calcetines a Alfredo, el boliviano, antes de irse a escondidas de él sin dejar huella; calcetines tejidos con los colores de la bandera de Bolivia, los mismos que comparte Kurdistán. Los colores toman la acepción de tierra, de historias y de nación, como si los calcetines, como símbolos, pudiesen traer de nuevo el país perdido o lograrlo, en este caso Kurdistán. Colores mismos de los que se burla ya Alfredo Cutipa, por vincularlos con la violencia y represión que vivió en su país en defensa de “esos valores tricolores.” El título mismo de la novela de Saravia es “Rojo, amarillo y verde,” por lo que el colorido es esencia de la novela. Así, los colores que plasmó el pintor Ramzi (me dijo él mismo), retrasan algo que no puede explicarse, una sensación interna cuando observa Montmatre o la colina en Bélgica que me mostró en una acuarela y pastel. Con esos colores él erra, viaja a su “país”, a Alemania y vuelve a Francia, a exponer, como Alfredo busca a la mujer llamada Bolivia, y sus calcetines tricolores por todo Canadá y por todas las calles de Montreal. Entre memorias del pasado y al tiempo que las escribe, va en búsqueda de una mujer que le ha robado una imagen y símbolo en los que ya no cree, creando al mismo tiempo, con su simple caminar, comer, bailar, ser golpeado, amar; su nueva historia, su historia en Montreal y la historia misma de un Montreal multicultural, colmada de vivencias y memorias de otros exiliados o inmigrantes como la de él.

La novela es en sí, por ello, “una novela memorial,” tal como lo define Régine Robin en el libro del  mismo nombre:

Le roman memoriel est fixé, géré, régi, ou il est réaménagé, réécrit, ou il est phantasmé et support d’un nouvel imaginaire, ou il devient symptôme et constellation emblématique d’une nouvelle conjoncture Intellectuelle. (46)

En este sentido a todo lo largo de las páginas, en la narración de memorias, leemos el punto de vista del autor sobre los hechos dictatoriales del 1980 por medio de una serie de voces narrativas diversas, como son las de Cutipa en primera, segunda y tercera persona, las de personajes difuntos y el discurso histórico. De este modo, Alejandro se sirve de esas diversas voces para fijar un pasado, para llenarlo de fantasmas, como Amelia, el amor de Cutipa, como el boxeador asesinado, un compañero de armas. La memoria es manejada para dar cuenta, más que nada, de las vejaciones militares, del uso de la fuerza, toda otra historia de Bolivia queda excluida. El mismo personaje en la novela explica porque:

La única forma de explicar qué es un boliviano es a través de la violencia. Bolivia: colonia de civiles dictatoriales y ranas importantes donde los ejercicios de la violencia invaden hasta el último espacio entre la carne y la uña (30)

Con esta premisa, como novela memorial que rige, acomoda, fantasmea y escoge los hechos y puntos de vista del pasado, la violencia y las vejaciones militares son la sustancia de la memoria y de casi toda narración. De ahí que cada voz narrativa, en sus diferentes formas, crea y alude a este punto de vista inicial del autor. Como novela memorial en donde se define “qué es la historia de Bolivia”, se convierte, por antonomasia, en la novela histórica de una nación.

Lo interesante y complejo de este hecho es que, como novela histórica y memorial de un país, no se esconde al mismo tiempo, en las diferentes voces narrativas del libro, una denuncia y una crítica lúdica y severa a los fundamentos de la idea misma de Estado Nación. Lo cual se logra por medio de la voz que el autor presta a militares y sicarios, quienes por medio de sus diálogos muestran los fundamentos ideológicos y económicos  de la intervención militar y sus atrocidades, “en nombre de la patria.” La idea de “lo glorioso de la nación y su pasado o porvenir” quedan ridiculizados de igual modo con la ironía constante de Alejandro en narraciones de estilo periodístico e histórico.

La historia del pasado, en la vida de Alfredo Cutipa en Montreal, se vuelve cotidiana, la vive en su caminar, la historia es una nación en guerra que lo acecha. Con ello, errar en la ciudad, encontrar lenguas y culturas diferentes en Montreal, lo ayudan a exorcizar su pasado y nos remiten, como lectores, a cuestionar los medios discursivos de representación de la memoria histórica nacional. Tal y como me sucedió cuando hallé en París al pintor kurdo. Nos encontramos con acentos distintos en francés, pieles distintas, en ese vivir cotidiano de Montmartre, esa necesidad artística y vivencial de no dejarnos atrapar por el origen. Este es uno de los mensajes principales de la novela de Alejandro.

Se busca libertad de espacio y de lengua. Una huida, un movimiento corporal que salga del espacio y tiempo en que se ha querido fijar al “ser nacional.” Y para ello, nos dice Gille Deleuze en su libro Franz Kafka pour une littérature mineure, en la literatura de las minorías hay una necesidad de desterritorializar la lengua, el espacio, la historia, es decir sacarla de un espacio abstracto y definido por una instancia de poder. Como lo hace Kafka en Praga, escribiendo en alemán y bajo influencia del judaísmo. Así, Alfredo desterritorializa su país, expropia la vivencia de la represión gracias al encuentro fortuito con las calles multiculturales de Montreal y por medio de su amor a Bolivia, la kurda. La comida y lo erógeno, tan presentes en la novela, son a la vez una desterritorialización de las nociones de Estado Nación, de nacionalismo y sus consecuencias. La glotonería, la diversidad de alimentos de Montreal, por provenir en sí de diversas naciones del globo, relativiza la importancia y “la gloria” de una gastronomía cualquiera, metáfora de los bienes, símbolos, monumentos y hechos históricos gloriosos que se adjudica cualquier Estado Nación, técnica y discurso narrativo que nos recuerda a Rabelais y su Gargantúa. De hecho, Rojo, Amarillo y Verde es como una efigie del gargantuísmo. El personaje se delecta comiendo, glotón, ve y se acerca  a mercados y comidas tan diversas. La comida es así de suma importancia en toda la novela, traspasa las lenguas; el francés, el inglés, el español, el aimara, y así lo erógeno –amor por Amelia y Bolivia− y la comida, son la salida, la puerta donde nos espera el minotauro.

Entonces, tratando de hacerse entender por encima de las trompetudas salsas y merengues y el hipnótico aroma de patacones, tamales y chorizos que les rodeaba, Alfredo trató de explicarle con su francés de Cochabamba el verdadero sentido de los colores de sus calcetines, del efecto subversivo que buscaba, de su rechazo categórico y rotundo a su bandera nacional… (55)

De lo rabelesiano de la glotonería y el sexo, la novela integra el baile como expresión corporal que desintegre, haga sudor, el cargo de la memoria. Tal y como sucede en la picaresca española, en Don Quijote, la narración de actividades bufonas del cuerpo es una transgresión a lo abstracto de los símbolos, como la bandera, porque confronta una idea de realidad corporal y de necesidad física con lo invisible e ideológico de conceptos manipulados por una esfera política y simbólica. De ahí que a la esfera corporal, de la risa carnavalesca, al cronotopo del antihéroe Cutipa (por referirme a Bajtín) que huye de su pasado y lo reniega, se agrega la necesidad de crear una polifonía de voces narrativas en la novela, precisamente para romper el esquema de la voz única.

Alejandro me comentó que le atraía precisamente esta noción de polifonía expuesta por Bajtín, una vez que conversamos sobre la riqueza y necesidad de vivir entre varias lenguas en Montreal.  No es una casualidad, de este modo, que Rojo, amarillo y verde sea una novela memorial e histórica confeccionada por  medio de tantas voces y no solo la de un Luis García Meza. Lo cual se hace no solo a través de diversos narradores, como ya mencioné antes, sino por medio de diversos tipos de literatura en una sola obra, como son la literatura autobiográfica, la política, la poesía, la música, la prensa, el diálogo amoroso, la tragicomedia. Juego narrativo en donde el personaje dialoga con el escritor y narrador, como Cervantes en el Quijote, autor a quien se alude en más de una ocasión. La novela de Alejandro es con esto una sabia composición pictórica en donde cada forma discursiva es un juego, un color diverso, cada frase nos remite a la necesidad de tomar una distancia de lo narrado, como el pintor de su obra, y a la vez nos invita a ser partícipes de los hechos, es decir, elabora una novela colectiva en la que todos puedan tener una voz. El narrador, los narradores, transforman la realidad, se vuelven ficción dentro de la ficción, el autor mismo se vuelve ficción, lo cual es un gran acierto, pues se juega a despojar al escritor mismo de su poder discursivo:

−Alfredo, ¿sigues con ese discurso anacrónico y comunacho de los años setenta? –me pregunta el Escriba que lleva cuenta de cada una de mis palabras anotándolas con esmero en su cuaderno− (19).

Cuando, invadido de reflexiones y sensaciones en Montmartre, dejé de escuchar a Ramzi Ghotbaldin no dudé por un minuto que su obra trascendería y trasciende más allá de una plaza turística, de ahí que al volver al hotel, esa misma noche, fui a indagar en el internet si hallaba algo de él. En efecto, el pintor no solo goza de reconocimiento sino, más importante para lo que aquí narro, encontré que nacido en Kurdistán, en el seno de una familia de fotógrafos, estudió bellas artes en Bagdad y tras ser prisionero por su defensa y proclamación de una nación kurda, se unió a los combatientes de la Unión Patriótica de Kurdistán, como Bolivia. Ahora tiene la nacionalidad francesa, es decir vive en un mundo francés, como Bolivia en Montreal. De este modo, no, no fue una coincidencia el haber conocido al pintor kurdo tras haber leído Rojo, Amarillo y Verde. Estoy seguro de que Bolivia conoció a Ramzi y de ahí se fue a Montreal. Ramzi pinta con colores e imágenes fruto de su lucha por una idea de nación y tras vivencias de vejaciones militares. Crea sus obras entre el recuerdo, la tristeza y el exilio. De esta forma, su pintura es la representación de varios viajes con los que se ha inventado una nueva identidad, como lo ha hecho el  tal Alfredo Cutipa, como lo hace Bolivia cuando transporta  sus calcetines tricolores alrededor del  mundo. Estoy seguro de que la kurda llamada Bolivia conversa ahora con Ramzi en Montmartre y Alfredo la espera en el Mont-Royal.


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