Volviendo a casa y a las primeras memorias: Rafael Rivera-Mundaca

Escritor Rafael Rivera-Mundaca en la Feria del Libro de Ottawa (crédito: autor).
Se ha reditado Entre trompos, patines y panfletos, libro que abre la puerta de una ciudad que ya no existe, pero que sigue respirando en la memoria: calles polvorientas, tardes de trompos y patines, discusiones familiares, voces de barrio. Su autor, el escritor Rafael Rivera-Mundaca radica en Canadá y es docente y doctorando de la Université de Montréal. El libro será presentado el 31 de julio en la librería Casa tomada, en Lima, Perú, a las 7 p.m.
Por Daniel Cuevas Sharin, profesor de la Universidad de Montreal

El libro parte de la infancia, pero termina hablando de política y memoria. ¿Cómo descubrió que esos recuerdos personales también contaban la historia de un país?

Mientras vivía esos acontecimientos nunca pensé que estuviera viviendo la historia del Perú. Para mí eran simplemente los días de mi infancia: los trompos, los patines, los amigos y las diversiones que aparecían en el barrio, las conversaciones de los adultos. Fue muchos años después, cuando empecé a escribir el libro, que entendí que esos recuerdos no pertenecían únicamente a mi memoria. Eran fragmentos de una memoria colectiva. Descubrí que la política no estaba fuera de mi infancia; había convivido con ella sin ser plenamente consciente. Al reconstruir esos recuerdos comprendí que estaba narrando no solo la formación de un niño, sino también la transformación de un país.

“Entre trompos, patines y panfletos” está escrito desde Montreal, lejos de Lima. ¿Qué le permitió comprender la distancia sobre la ciudad y sobre el niño que alguna vez fue?

La distancia me enseñó que uno puede cambiar de país, de idioma e incluso de cultura, pero nunca deja de escribir desde el lugar donde aprendió a mirar el mundo. En mi caso, ese lugar sigue siendo Barrios Altos.

El libro evita tanto la nostalgia fácil como el discurso político explícito. ¿Cómo encontró ese equilibrio entre la emoción y la reflexión?

Nunca me propuse escribir un manifiesto político ni un ejercicio de nostalgia. Mi propósito fue ser fiel a la memoria. Confié en que los recuerdos, narrados con honestidad y sin idealizaciones, hablarían por sí mismos. La emoción surge de la experiencia vivida; la reflexión, de la distancia que ofrece el tiempo. Ese equilibrio permite que el lector saque sus propias conclusiones, sin que el autor se las imponga.

Uno de los grandes protagonistas de la obra es el lenguaje: la manera de hablar de los barrios limeños, el humor y los códigos familiares. ¿Qué significó para usted preservar esa oralidad en la escritura?

La oralidad no es un adorno del lenguaje, sino una forma de memoria. En la manera de hablar habitan el barrio, la época, la clase social, los afectos y las heridas de una comunidad. Si hubiera renunciado a esa voz, habría perdido una parte esencial de la verdad del libro.

Quise que el lector escuchara Barrios Altos tal como resonaba en mi infancia: su humor, sus lisuras, sus apodos y esa manera tan limeña de narrar la vida. Esa música del lenguaje es parte de nuestra identidad tanto como sus calles.

La oralidad también posee una gran fuerza narrativa: acerca al lector a los personajes y les da autenticidad. No quería voces pulidas por la norma, sino personas que hablaran como realmente se hablaba en mi barrio.

Preservar esa oralidad fue, además, una forma de reivindicar una cultura popular que durante mucho tiempo ha sido considerada menor. La literatura también tiene la tarea de reconocer la belleza, la complejidad y la dignidad de esas voces.

Al final, el verdadero protagonista del libro no soy yo, sino la comunidad que me enseñó a mirar el mundo y cuya memoria perdura en su manera de hablar.

En el libro aparece la idea de que las familias también heredan ideologías, no solo afectos. ¿Qué tan difícil fue revisar críticamente esas convicciones sin renunciar al cariño por quienes se las transmitieron?

Fue un ejercicio de madurez. Entendí que cuestionar las ideas heredadas no significa dejar de querer a quienes nos las transmitieron. Al contrario, el afecto permite mirar ese legado con mayor honestidad. El libro no busca juzgar a una generación, sino comprender cómo las convicciones políticas también forman parte de la memoria familiar.

La obra dialoga con la tradición memorialista peruana, pero tiene una voz muy propia. ¿Qué autores o libros lo acompañaron, consciente o inconscientemente, durante la escritura?

Durante mucho tiempo no fui plenamente consciente de esas influencias. Fue el escritor Luis Hernán Castañeda quien me hizo ver que mi escritura dialogaba, sobre todo, con Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique. Creo que era inevitable: crecí en Lima, leyendo a ambos como parte de mi formación literaria. En mi casa, mi madre y mis hermanos eran admiradores de los dos, y sus novelas y libros de cuentos ocupaban un lugar privilegiado en la biblioteca familiar. De Ribeyro aprendí la atención por la vida cotidiana y la dignidad de los personajes comunes; de Bryce, la oralidad, el humor y esa manera tan entrañable de convertir la memoria en literatura. Si mi libro tiene una voz propia, es porque esas lecturas fundacionales terminaron mezclándose con mi propia experiencia y mi manera de recordar.

El título reúne tres imágenes muy distintas: trompos, patines y panfletos. ¿Por qué esas tres palabras resumen mejor que cualquier otra su recorrido vital?

La estructura del libro responde a lo que explico en la introducción, “…por si exigen una explicación”: a la fuerza gravitatoria de mi propia nave emocional. No es una división arbitraria, sino la forma que encontré para dar orden a mis vivencias. Los trompos representan la infancia y el descubrimiento del mundo a través del juego; los patines, la adolescencia, cuando la curiosidad comienza a dirigirse hacia las muchachas, la amistad y la calle; y los panfletos marcan el momento en que ese joven debe enfrentarse a la ideología heredada de su familia, revisar críticamente sus convicciones y asumir la desilusión que dejaron los años de Alan García. Esas tres palabras resumen, más que etapas de una vida, la evolución de una conciencia.

Después de una sólida trayectoria académica en Canadá y de años dedicado a la investigación, ¿qué encontró en la literatura que no podía expresar desde el ensayo o el trabajo universitario?

La investigación me enseñó a comprender el mundo; la literatura me permitió comprenderme dentro de él. El ensayo busca demostrar, argumentar y convencer; la literatura, en cambio, explora las zonas donde las certezas se vuelven preguntas. Hay experiencias, emociones y contradicciones que no caben en el lenguaje académico, pero encuentran su forma en la ficción y en la memoria. Para mí, escribir literatura no ha significado abandonar la investigación, sino complementarla: donde termina el análisis, comienza la posibilidad de narrar lo que solo puede decirse desde la experiencia humana.

Presentará este libro en la Feria Internacional del Libro del Perú y luego en librerías de Barranco. ¿Qué significa para usted volver a dialogar con los lectores peruanos a través de una obra tan íntima?

Tiene un significado muy especial. El libro se abre con un verso de Fito Páez: “Me gusta regresarme del olvido, para acordarme en sueños de mi casa.” De algún modo, eso resume también este regreso al Perú. Volver a presentar el libro es regresar a una memoria que creía lejana y reencontrarme con los lugares y las personas que la hicieron posible. Entre ellas está mi hermano Iván, mi compañero de juegos de la infancia, con quien compartí buena parte de las experiencias que hoy habitan estas páginas. Más que presentar un libro, siento que vuelvo a conversar con quienes, de una u otra manera, también forman parte de esa casa que la memoria nunca abandona.

Muchos lectores reconocerán en estas páginas una Lima desaparecida, mientras que los más jóvenes descubrirán un mundo completamente nuevo. ¿Qué espera que ambos públicos se lleven al cerrar el libro?

Espero que los lectores mayores encuentren un espacio para reconciliarse con su propia memoria y que los más jóvenes descubran que toda infancia está atravesada por la historia de su tiempo. Si el libro consigue despertar esa conversación entre generaciones, sentiré que ha cumplido su propósito.

El escritor Rafael Rivera-Mundaca es docente y doctorando de la Université de Montréal.

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