Una exhaustiva investigación periodística de The New York Times descubrió un oscuro vínculo entre la Real Casa de la Moneda de Canadá (Royal Canadian Mint) y el Clan del Golfo, el cartel de la droga más temido de Colombia. El reportaje revela cómo el oro extraído bajo el control de este grupo criminal logró infiltrarse en una de las instituciones financieras más prestigiosas del mundo, terminando convertido en monedas de inversión y lingotes supuestamente “limpios”.
El éxito de esta operación criminal residía en la falta de transparencia de las fronteras comerciales. El oro era extraído de forma ilegal en las selvas de Antioquia, Colombia, donde el cartel impone su ley a través de la violencia. Desde allí, el metal viajaba hasta un proveedor intermediario en Texas, Estados Unidos.
En lugar de reportar el origen real, el proveedor mezclaba el oro colombiano con material extraído legalmente en territorio estadounidense. Al ser enviado finalmente a la refinería de la Casa de la Moneda en Ottawa, el producto llegaba bajo la etiqueta técnica de “oro norteamericano”. Este simple cambio de etiqueta servía como un “blanqueo” geográfico que permitía al metal saltarse los protocolos de seguridad que se aplican a los minerales provenientes de zonas de conflicto.
Una falla en la vigilancia ética
Lo más polémico del caso es que las señales de alerta estaban allí. El proveedor en Texas mantenía registros que mencionaban a Colombia como fuente de origen, pero la Casa de la Moneda de Canadá admitió que su política de “debida diligencia” consistía básicamente en confiar en la palabra de sus proveedores. Mientras el oro llegara desde una empresa estadounidense certificada, la institución canadiense no consideraba necesario investigar de dónde venía el material originalmente.
Esta negligencia permitió que el Clan del Golfo encontrara en el oro una fuente de ingresos tan rentable como la cocaína, pero mucho más fácil de introducir en el sistema financiero global sin levantar sospechas.
Tras la publicación de estos hallazgos, la reacción en Canadá fue inmediata. La Real Casa de la Moneda se vio obligada a:
- Suspender toda relación con la cadena de suministro implicada en Texas.
- Iniciar una auditoría externa para determinar qué tan profundo llegó el oro del narcotráfico en sus reservas.
- Reformar su transparencia: En un giro histórico, la institución anunció que dejará de aceptar la etiqueta genérica de “procedencia norteamericana” y exigirá que se detalle el país de origen de cada gramo de oro, incluso si viene mezclado.
El caso ha servido como un recordatorio de que, en un mercado globalizado, incluso las monedas que los inversores guardan en sus cajas fuertes pueden tener un rastro de sangre y crimen si no existen controles estrictos sobre el origen de los metales.
Lea el reportaje completo (en inglés) aquí
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