Por Enrique Pato, profesor de la Universidad de Montreal
El pueblo vasco se ha distinguido, entre otros muchos rasgos, por su vocación marítima y su notable movilidad; rasgos que lo han llevado a proyectarse más allá de sus propias fronteras. A diferencia de otros grupos europeos, los vascos solían navegar en tripulaciones mixtas (junto a gascones, franceses y castellanos) y pasaban largos periodos lejos de los puertos del mar Cantábrico, lo que facilitaba el contacto directo con poblaciones locales del Atlántico, como en Groenlandia y Canadá. En muchos casos no hubo una colonización permanente, pero sí campañas estacionales repetidas.
Como es sabido, el euskera o vasco es una lengua no indoeuropea, muy diferente del español y del francés. Este hecho ha tenido una consecuencia práctica muy importante a lo largo de su historia. Los marineros vascos bilingües estaban acostumbrados a cambiar de lengua y a simplificar su habla para hacerse entender, por lo que podían mezclar fácilmente vocabulario vasco con gascón, francés o castellano. Esta flexibilidad favoreció la creación de variedades simplificadas de comunicación, como la que se documentó en las costas canadienses y conoceremos en esta nota.
A diferencia de los grandes imperios coloniales los vascos no pretendían imponer su lengua; su objetivo principal era comercial y económico. Por todo ello, los contactos lingüísticos eran más horizontales: se buscaba un entendimiento rápido, no sustituir lenguas autóctonas.
El pidgin vasco-algonquino, conocido en las fuentes francesas como souriquois (‘hombres de agua salada’, del antropónimo de uno de los grupos indígenas de Nueva Escocia, más tarde conocido como micmac), fue una lengua de contacto nacida en el siglo XVI entre los balleneros y pescadores vascos y varios pueblos indígenas del noreste de Canadá, especialmente los mencionados micmac (mi’kmaq) y los innu (montagnais).
Un pidgin, lengua simplificada sin hablantes nativos, surge cuando grupos humanos que no comparten el mismo idioma necesitan comunicarse de manera práctica, por razones comerciales y sociales. El souriquois surgió de forma natural en un contexto de comercio intenso: los vascos acudían cada año a la península del Labrador y al golfo de San Lorenzo para cazar ballenas y pescar bacalao, y necesitaban entenderse con las comunidades locales. En principio, no se buscaba expresar ideas complejas, sino intercambiar bienes, negociar precios, indicar cantidades y saludar e identificar personas.
El uso de esta lengua está documentado entre 1530 y 1635, aunque algunos restos de este contacto lingüístico llegaron hasta comienzos del siglo XVIII. Como se ha indicado, no era una lengua “completa”, sino un sistema práctico y simplificado que permitía intercambiar pieles de animales por herramientas de metal, telas y otros productos vascos y europeos. Aunque, obviamente, no se puede reducir solo a esto.
Buena parte del vocabulario procedía del vasco, sobre todo términos relacionados con la navegación, el comercio y la vida cotidiana de los marineros. Las lenguas indígenas aportaban palabras ligadas al entorno natural (de la flora y la fauna). Sabemos de este pidgin gracias a algunos cronistas como Esteban de Garibay (Compendio historial, 1571) y Marc Lescarbot (Histoire de la Nouvelle-France, 1609), y estudios modernos de especialistas como Peter Bakker y José Ignacio Hualde han podido reconstruir gran parte de su funcionamiento a partir de diversas fuentes.
Entre las palabras registradas encontramos sustantivos como ania (del vasco anaia ‘hermano’, apelativo usado también como saludo), kir (del pronombre de segunda persona hi/zu ‘tú’), nola (empleado como saludo, similar a ‘¿Cómo estás?’), balena (‘ballena’), atouray (de atorra ‘camisa’), makia (de makila ‘palo, bastón’), banda (‘lado’), kaiku (‘recipiente de madera, cuenco’, como préstamo cultural estable), kea (‘humo’), y adjetivos como endia (de handia ‘grande, mucho’). También se documentan voces como eleizaba (de eliza ‘iglesia’) y capitana (de kapitaina), así como denominaciones de grupos humanos como christiam (‘europeo’), bascoa (‘vasco’) y euskualduak (adaptación de Euskaldunak ‘los que poseen el euskera’). Entre todas ellas destaca la voz orignat, derivado del vasco oreinak (plural de orein ‘ciervo’), ejemplo claro de cómo las palabras cambian al pasar de una lengua a otra. En francés actual es orignal, pero se documentan otras formas dialectales en zonas de l’Acadie.
El uso de esta lengua de contacto se extendió por Terranova, Quebec, Nueva Escocia y Nuevo Brunswick, siguiendo la ruta de las estaciones balleneras y pesqueras. Lugares como Red Bay (Labrador), donde podían reunirse hasta 900 hombres, fueron auténticos centros internacionales del Atlántico norte. Otros puntos importantes fueron Port-aux-Basques y Placentia/Plaisance (Terranova) –cuyo origen es la villa vizcaína de Plentzia, antigua Plasencia de Butrón–, o Île aux Basques (Quebec), centro vasco de procesamiento de grasa de ballena donde se conservan varios hornos de la época. Este lugar fue el primer sitio de Quebec en ser protegido como parque natural de la provincia, y después como lugar histórico nacional de Canadá en 2001.
Otros topónimos de la zona que se relacionan con el vasco son Barachois (de barratxoa ‘pequeña barra’), para nombrar la laguna costera separada del mar; Ingorachoix Bay (vinculado con Aingura-txar ‘ancla mala’), para referirse a la bahía en forma de ancla; Exafaud-aux-Basques (del francés echaud ‘andamiaje’), estructura de madera empleada para secar el bacalao; y Port-au-Port (de Oportuportu), duplicación típica de la cartografía vasca. Un topónimo debatido es el de Gaspé, que puede derivar del vasco geizpe (‘refugio’), o del micmac gespeg (‘el fin de la tierra’).
Este intenso contacto no fue solo comercial, también dejó importantes huellas humanas. En algunas genealogías de las Primeras Naciones, y en comunidades acadianas, encontramos apellidos de origen vasco como el propio Basque, así como Bastarache (y Bastrash), relacionado con Bazteretxe (‘casa del borde’), y Goyetche (‘casa de arriba’); ambos describen dónde se vivía (‘casa de’). En cambio, aquellos apellidos vinculados con la toponimia interior, como mendi (‘monte’, Mendiburu ‘cumbre del monte’), no aparecen. Además, estudios genéticos realizados en Terranova y Labrador han identificado marcadores compatibles de ADN con ascendencia vasca, indicio de que estos encuentros fueron mucho más continuados y profundos de lo que se pensaba, o se quiso reconocer.
Otro testimonio de la presencia vasca son sus estelas funerarias, consideradas como algunos de los monumentos funerarios europeos más antiguos de toda América del Norte. En Placentia, por ejemplo, el cementerio colonial contiene tumbas vascas, lo que prueba la integración franco-vasca en el siglo XVII. Otro caso es el cementerio de campaña marítima semipermanente de Red Bay (denominado Butus por los vascos, y en la actualidad Saddle Island), con enterramientos funcionales de balleneros vascos, algunos sepultados con sus ropas del siglo XVI. Existen estelas con inscripciones en relieve y símbolos tradicionales con cruces, anagramas cristianos y motivos solares de protección, similares al lauburu vasco de cuatro cabezas. Otras fueron grabadas por incisión, con letras en francés y rasgos gráficos vascos. Estas piedras no solo servían para marcar tumbas, eran “pedazos de la madre patria” (Lapurdi, Baja Navarra, Zuberoa) transportados directamente desde el País Vasco para asegurar que los marineros descansaran en paz bajo su propia tradición.
Con todo, el fenómeno vasco resulta especial. Lo es porque una lengua europea minoritaria supo generar varios sistemas de contacto en diferentes regiones del Atlántico y porque, aunque no dejó colonias propias, se conservan numerosos rastros lingüísticos y humanos de su presencia, lo que muestra que el comercio marítimo puede ser un motor lingüístico tan fuerte como la colonización.
Para terminar, podemos imaginar una escena histórica, como la representada al inicio de esta nota. Un barco vasco anclado frente a las costas, comerciantes indígenas y europeos, palabras mezclándose entre gestos y trueques, mientras surge una lengua –de manera casi improvisada– que hoy nos habla de encuentro, curiosidad y respeto (los vascos fueron usuarios del espacio no colonizadores). Seguro que ninguno de ellos pensaba que, cinco siglos después, algunos lingüistas y viajeros seguirían la pista de aquellas voces que flotaron entre el euskera y las aguas del San Lorenzo.
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