Diario de un inmigrante: Una pianista espera la primavera

La primavera florecía. Madame Catherine y otras personas rodeaban un piano dispuesto sobre la vía pública (Foto: Piano Project Montreal)

Por Carlos Bracamonte

Ya en la calle no me contuve más y decidí pedirle a madame Catherine que me enseñara a hablar en francés. Hacía unos meses que había llegado a Montreal y sentía que el curso de francés que me subvencionaba el gobierno me era insuficiente para mi prisa por conseguir empleo. Así que resolví tomar un atajo animando a mi antigua vecina, la octogenaria madame Catherine, a que conversara conmigo todas las tardes a la hora del té.

La primavera florecía. Madame Catherine y otras personas rodeaban un piano dispuesto sobre la vía pública. Me sorprendía que en esta ciudad colocaran los pianos en la vereda para musicalizar el soleado paisaje de las avenidas. Sin duda, ese swing encendía el alma otoñal de madame Catherine. Mientras ella aguardaba su turno para tocar, alguien tecleaba los acordes de un bolero y la anciana, con los ojos cerrados, parecía evocar los ardores extintos del amor. Le toqué el hombro deshaciendo el encanto. Ella volvió en sí y me observó con sus redondos ojos azules, cogiéndose sus gruesas gafas desde su corta y encorvada figura.

Miré a mi esposa que estaba a mi lado, la miré con cara de “dile a lo que venimos” y ella, que sí habla muy bien el francés, se acercó a madame Catherine:

— Mi esposo quiere saber si usted puede ser su jumelle.

— ¿Qué cosa? ¿Qué cosa es jumelle? —, preguntó la robusta mujer.

— Su jumelle, es decir, su pareja para aprender francés. Su jumelle, que así le dicen en la universidad a alguien con el que practicamos una lengua.

Madame Catherine me miró como quien examina a un bicho raro e inofensivo. Al cabo de unos segundos sentenció suspirando: “ahora no puedo, querida. Como ven, estoy muy ocupada aquí en el piano. Búsquenme en el otoño”, y volvió al fondo musical de donde había salido.

No necesité traducción.

— ¿En septiembre? ¡Pero si estamos en mayo! ¡Esta señora es una mala gracia! ¡Y encima yo, cada vez que paso por aquí, la aplaudo cuando la veo tocando el piano!

— No hables así. Entiende que es una persona mayor. Estar con el piano y con la gente debe ser su felicidad.

Tres cuadras nos separaban de nuestro departamento. En el trayecto, ya más sereno, recordé la primera vez que supe de madame Catherine.

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— No hagas ruido, hija, ¿escuchas el piano? —, le pregunté a mi pequeña hija, que me susurró en el acto y sin sobresaltos: “es madame Catherine, papá. La vecina de arriba”.

Mi esposa y mi hija llegaron mucho antes que yo a Canadá. Vivían en un apartamento de un edificio de inquilinos jubilados. Soportaron juntas el frío crudo de febrero y en una de esas noches se toparon con el andar cansino de madame Catherine, que iba cargando las pesadas bolsas del mercado, hundiéndose en la nieve, sobrepasada por la violencia del viento y la impasividad de los transeúntes. Mi esposa vio en ella a la abuela que había dejado en nuestro país y se apuró a auxiliarla. En la conversación se dieron cuenta de que eran vecinas. La amistad surgió.

Cuando pisé esta ciudad, mi esposa me puso al corriente de madame Catherine: una cariñosa abuela québécoise que enterada de que vivían solas como ella, les tocaba la puerta al menos una vez por semana para verificar que todo marchara bien, para dejarles unos consejos y surtir de golosinas a mi hija. Casi todas las noches, en la plenitud del silencio, la abuela afinaba en su piano de pared un repertorio de animados valses y música popular. Algunas veces culminaba el recital casero con los nocturnos de Chopin redoblando en el inmueble la oscuridad del invierno.

A pocos meses de mi llegada a Montreal nos mudamos a tres calles y ya sólo veíamos a la anciana cuando transitábamos cerca de su cafetería preferida, a mitad de la avenida principal. Madame Catherine se acomodaba en su mesa favorita que sólo ocupaban ella, su café y su bolsón negro. Desde ese punto divisaba a través del vidrio el paso de la gente o algún horizonte imaginario.

Una tarde nos acercamos a saludarla. Impulsada por el júbilo, la abuela abrazó con fuerza a mi hija y nos sonrió. Sobre la mesa había una antigua grabadora de mano. “Aquí grabo mis ensayos en el piano y luego los escucho mientras espero la primavera”, nos explicó aumentando el volumen del aparato para que constatáramos. Mi esposa no es impertinente, por eso nunca se animó a indagar sobre su familia. Pero yo sí y la alenté a preguntárselo. Madame Catherine nos contó con gravedad: “mis dos hijos ya murieron y yo sólo estoy esperando eso: morirme también”, y aquietó la voz. En segundos, unas gotas surcaron sus mejillas. Mi hija la consoló. La anciana se quitó los anteojos. Sus blancas manos rugosas temblaban. Sacó su pañuelo de seda y, como queriendo olvidar, reinició en la vieja grabadora el audio de sus ensayos al piano, pero se escuchó una triste melodía que seguramente le soplaba más recuerdos.

Mi esposa ya me había adelantado algunas realidades de esta sociedad. Pensé: “En mi país estaremos mal en muchas cosas, pero los viejos no se mueren solos. ¡Casi siempre hay alguien que te da una mano: un pariente, un amigo, un conocido, un perro que te ladre!”.

A veces pasábamos semanas sin verla. Entonces especulábamos lo peor. “Acá uno puede estirar la pata  y nadie se da cuenta o se enteran por el olor a cadáver”, le decía a mi esposa. Pero unos días después, por los alrededores, madame Catherine resurgía entre la nieve desafiando mi mal augurio.

Abrí la puerta del apartamento pensando en que mi esposa tenía razón: al fin y al cabo, el piano alegraba a la abuela. A unas calles de ahí, a pleno sol, madame Catherine aguardaba su turno entre otros ancianos como ella o acaso ya ocupaba su lugar en la banqueta del piano, ofreciendo concierto, floridas armonías; aplaudida, rejuvenecida, sintiéndose en compañía.


Carlos Bracamonte es periodista, agente en temas comunitarios e inmigratorios, especialista en gestión de proyectos y responsabilidad social empresarial. Publica una columna sobre historias de inmigrantes en NM Noticias. Es editor de la revista Hispanophone de Canadá. Lea más artículos del autor.