El viacrusis

Un relato sobre inmigración.
Por Brandon Jiménez

He estado huyendo antes. He estado paranoico antes. He tenido miedo antes. El avión finalmente está decolando y aún siento la respiración agitada. Mi primer viaje fuera del país y ¡ja!, ¿quién podría haberse imaginado que sería en éstas circunstancias? Siento que la respiración lentamente se calma y puedo por primera vez mirar a las personas que me rodean y el paisaje distante que se ve por la ventana del avión.

El Distrito Federal, el DF como le dicen, empieza a alejarse bajo las alas del avión que me lleva a Tijuana. Es un verdadero lago de luz, el DF, visto por la ventanilla del avión y me percato que parezco ser el único realmente impresionado por el tamaño de la ciudad a nuestros pies, ya que los demás parecen tratar de concentrarse en descansar al menos una parte del viaje que, según nos han informado, tomará un par de horas. Siluetas en el cielo, el avión cruza el día, empiezo a cabecear y me doy cuenta que llevo algo que parece una eternidad entera sin dormir. ¿Qué día es hoy? Jueves. Jueves Santo, o al menos es Jueves Santo en mi país y asumo que en éste también. Jueves Santo que me recuerda que apenas ayer aún desayunaba en mi casa, ya un recuerdo distante en el retrovisor de la vida.

Un olor que creo reconocer me hace abrir los ojos y por un momento casi puedo sentirme en la cocina de mi ma, mientras ella me entregaba una arepa recién salida del horno, a escondidas de mi pa, que seguramente andaría por allá, arando el surco; hace tan poco que ella murió y la extraño aún. El olor resulta no provenir de una arepa como las de mi tierra, sino algo a la vez similar y diferente, más delgado y delicado y que mis vecinos de silla consumen con agrado. Un poco retenido por mí prevención, me abstengo de preguntarles, aunque escucho que se refieren a ellas como tortillas. “Ah” exclamo mientras me reclino en mi silla y el olor del maíz que me es tan familiar me arrulla y duermo un poco más.

Finalmente arribo a Tijuana y el ruido de las ruedas asentándose definitivamente en el concreto, como un cóndor posándose, me devuelve a la realidad. Al salir del aeropuerto con mi pequeña maleta no hay tiempo que perder, me dirijo al hotel que me ha sido indicado y pido una habitación, ya que lo único que me han dicho es que debo esperar instrucciones. Me ducho y mientras el agua cae trato de respirar, pero el entrenamiento de tantos años me impide demorarme más de un par de minutos, así que salgo de la ducha y permanezco sentado en la cama tranquilo, casi meditando y el recuerdo de mi flaca y mi hijo tan distantes como las arepas de mi mamá.

Con ellos aún en mente, me siento tentado a llamarlos y miro el teléfono del hotel, que parece esperar mi decisión. Un par de segundos pasan y me levanto a tomar la bocina. “¿Mande?” pregunta la operadora y me quedo paralizado en silencio. Sin saber bien qué hacer cuelgo y aun tengo en la cabeza las palabras que quisiera decirles cuando el teléfono suena. Un poco sobresaltado miro la bocina y la tomo y ahora soy yo, con voz dubitativa. “¿Aló?” y al otro lado de la línea una voz me da algo que suena a una muy simple orden “preparado después de las 6, el gringo pasará por tí. Si no estás listo, te deja” y cuelgan.

“Sin presión para nada” pienso y me doy cuenta de cuánta hambre tengo pero ahora solo puedo concentrarme en los interminables minutos que faltan para partir, y en la admonición que acabo de recibir. Admonición, el solo sonido de la palabra me lleva de regreso al seminario, a los años de mi temprana adolescencia que parecían mostrarme un camino muy diferente al que me trajo aquí. Dos horas, ciento veinte son todos los interminables minutos que he estado esperando cuando golpean a la puerta. “Nos vamos” dice una voz, con un inconfundible acento y al abrir la puerta no me queda la más remota duda: es “el gringo”, un hombre flaco y desgarbado que me apura a subirme a una destartalada 4×4 y mientras arranca empezamos a intentar hablar, él con su español roto y yo con mi inglés aún más roto. “Soy Jhon o Juan, como me dicen por acá”, luego acelera, “tenemos que ganarle a la tide” y al ver mi cara de interrogación piensa un poco antes de agregar “la … la marea, la marea” y yo, que hasta éste momento solo he conocido ese vasto Orinoco, que sirve de frontera de mi país, no puedo menos que emocionarme ante la idea y el gringo Jhon parece leer mi cara cuando dice “ya verás my man, ya verás” y aunque no quiera me duermo, algo arrullado por el ruido del motor, y en el sueño ese sonido se vuelve el de mi moto que me lleva por un camino infinito a casa, a la pequeña casa que tenemos con la flaca.

“Wake up, despierta” y un codazo adicional termina de despertarme, pero es el olor salado lo primero que puedo sentir y cuando mis ojos se adaptan a la poca luz, al atardecer que se dibuja sobre la distante línea del horizonte infinito … ¡del mar! pienso que no sé si soy el primero de mi familia en ver éste océano, el casi infinito océano de Balboa, el gran Pacífico y no puedo evitar quedarme asombrado, paralizado y cuando el gringo termina de parquear me dice “it is something, isn’t?” y entre mi deficiente inglés y mi estado de ánimo apenas me da para balbucear un monosílabo que captura la magnitud de mi reacción: “yeap”. Jhon me indica un pequeño lugar donde podemos comer algo, así que confiando en su criterio entramos al establecimiento, pequeño y casero. Entramos y, aunque el menú está en mi idioma, me doy cuenta que son opciones que en su mayoría desconozco, así que me siento y es Jhon quien ordena un par de platos ligeros, “nos falta lo más difícil, ya verás”.  Cenamos y ya es de noche cuando volvemos al carro y allí me pregunta en un tono entre jocoso y serio: “¿Sabes nadar?” y yo le respondo con algo de orgullo “claro que sí, Jhon”. Y si se nadar, tal vez no como nadador olímpico, pero lo suficiente para sobrevivir. “Espero que no lo necesites, ya verás” dice en un tono más grave, y nos quedamos en silencio mientras él sintoniza la radio que alterna canciones rancheras en español con música en inglés que me suena extrañamente familiar, como si contara historias que ya conozco, sin entender prácticamente una sola palabra, aunque nada parecido a la música llanera, la que es más cercana a mi corazón. “Trata de dormir, I’ll wake you up” y eso hago, duermo un rato hasta que escucho la voz de Jhon llamándome, “vamos, vamos, is time to go”.

Números. La vida es una conjunción curiosa de números. Una, una flaca, y un, un hijo, treinta y siete, treinta y siete son los años que he caminado en ésta tierra y cinco mil, cinco mil y más kilómetros he recorrido, pero son éstos cientos de pasos los que definirán todo lo que he viajado y buena parte de lo que he vivido. Caminamos en silencio, alejándonos de las últimas calles de la ciudad y hacia el mar, al amparo de la noche cerrada, aunque una brillante luna casi llena alumbra en lo alto y dejo que mi mente divague sin rumbo, y así vamos hasta que puedo ver el obstáculo final: una pared, si es que puede llamarse así, que se eleva unos ocho o más metros de altura, de un material que parecen escamas, las escamas de un enorme reptil, pero que vistos más de cerca son más bien gigantescos planchones de acero burdos, toscos, poco elegantes pero eso sí, muy funcionales. Un par de pasos más y al amparo de ese muro, Jhon me ordena quitarme la ropa, hacer con ella un atado y esperar aún un poco más; sin embargo, el gringo puede ver mi rostro cubierto con algo que bien puede llamarse vergüenza, pero finalmente lo hago como a bien puedo.

La luna y su relación con las mareas me hace esperar un poco más, hasta que finalmente llega el ansiado momento. Una vez la bajamar está plena, Jhon da la orden de avanzar y siento por primera vez el agua del mar, agua fría por demás, y quisiera que fuese en circunstancias más propicias pero esa es la vida, supongo. Seguimos caminando, un paso a la vez, los pasos seguros de Jhon, seguidos de los míos, vacilantes y empiezo a entender porque me preguntaba si sabía nadar. El mar de Balboa es poderoso, para nada haciendo honor a su nombre, más porque aún en bajamar siento su oleaje moverme y cuando el agua me llega cerca al cuello siento el temor de morir allí, ahogado, a cinco mil kilómetros y más de todas las personas que son tan importantes para mí. Alcanzo a sumergirme en el agua, y siento ese sabor amargo y salado entrar a mis pulmones, hasta que logro de nuevo salir a la superficie y plantar mis pies. El gringo se voltea y al verme suelta una carcajada “ya está, it’s here”, mientras me muestra el final del muro, el final del terreno relativamente seguro y damos la vuelta para estar al otro lado del muro, y aunque esencialmente estamos desandando nuestros pasos, ya que estamos a unos cuantos metros, la realidad es que hemos pasado a la etapa más traicionera del viaje: ya estamos en USA.

“¡Quieto!” grita el gringo y me indica un haz de luz que barre todos sus alrededores y me doy cuenta: son luces de patrulla, buscando a personas, personas como yo y aunque solo hemos caminado algo menos de 100 metros, hay un cambio fundamental: aquí soy un “ilegal”, un “mojado” y bien que lo soy, aún en este momento, por el agua del mar. Ahí, a mi lado, el gringo rápidamente cambia el tono por uno más perentorio: “A partir de ahora te guío, pero si la migra nos coge, yo no te conozco y … see the lights? Esas tienen un… pattern, ya verás”. Y sí, las luces tienen un pattern, un patrón y me veo obligado a caminar unos metros detrás del gringo, en los intervalos de luz y sombra que dejan las luces de guardia en cada grano de arena, en cada piedra parece dibujarse uno de esos agentes de migración, un policía.

He estado huyendo antes, es cierto, pero ahora todo parece tan vertiginoso que casi siento que sería mejor retornar mientras allá a lo lejos todavía se ve el lado mexicano. Respiro, sin embargo, y continúo a espaldas del gringo y lentamente nos vamos alejando del área barrida por los haces de luz y mi mente empieza a recapitular. ¿Cuántas horas, días acaso, llevamos? Lo cierto, después de pensarlo un momento, es que cuanto mucho hemos gastado una o dos horas desde la playa allá, al otro lado de nuestra América.

Es el comienzo del viernes, Viernes Santo y el recuerdo de las letanías y el viacrucis acuden a mi mente en una suerte de giro irónico, perdido como estoy en éste mundo cual Dante siguiendo a este Virgilio, que es tan sólo Jhon, el gringo, el curioso personaje que por éstas latitudes llaman coyote. Estoy de nuevo a su lado, y él ha recuperado el semblante un poco más despreocupado, mientras caminamos por un pasaje algo desolado, un terreno algo árido, tan diferente a los valles y montañas de mi pueblo natal y seguimos caminando, sintiéndome como un animal que se esconde de sus depredadores.

Y de repente, allá en la distancia e iluminado por una luna casi llena, distingo algo que resulta ser un árbol, primera criatura viva distinta al gringo que veo en éste país. Allí, bajo la sombra de éste árbol semiseco que no reconozco, finalmente podemos descansar. Jhon y yo nos vestimos, a pesar que parte de mi ropa, la poca que llevaba puesta, aún está empapada. El árbol parece estar lleno de algo que parecen guirnaldas o decoraciones navideñas, pero al acercarme y verlas más de cerca son pequeños recuerdos de muchos más que como yo han corrido por su vida y han llegado al menos a parar a éste punto. Pongo mi mano en ese nudoso árbol, que puedo casi sentir como un viejo amigo, y por unos instantes puedo sentirme conectándome con cada una de esas historias. Allí, una foto, más allá unos pequeños zapatos, un simple cordón que me cuentan de tristezas, alegrías, vida e idealmente, la esperanza de un futuro mejor. De la nada, Jhon me interrumpe, con su cadencia curiosa para hablar: “Hey tú, espérame acá, no te preocupes, volveré, ya verás” y sin esperar mi respuesta, parte a la noche.

Estoy cansado y sólo. Ahora, sentado, empiezo a percibir el dolor, el cansancio y como por reflejo empiezo a masajear mis brazos y piernas y ahí, mientras lo hago y por primera vez en ésta tierra levanto la cabeza para ver la luna, las estrellas y las constelaciones, algunas de las cuales no reconozco del todo, salvo la luna, hermosa y brillante, cuidándome a mí y a mi familia, allá lejos, a la distancia.

Calculo que han pasado un par de horas y la impaciencia empieza a hacer mella en mi ánimo: “el maldito gringo me dejó abandonado”, “el gringo me va a llevar con la policía”, “el gringo me va a matar”, “me van a matar”… y de nuevo recuerdo las razones que llevaron mi camino hasta éste seco lugar y éste semiseco árbol, algo que parece una palma del desierto, tan resiliente como yo, como Jhon. Algo más calmado pienso en el tiempo y ¿qué hora es? Sin manera de saber o calcular exactamente me planteo qué hacer, cuál es la hora definitiva para dejar de esperar a éste desgraciado gringo que me abandonó a morir en éste palo seco y continuar el camino, aunque no sepa en qué dirección. Recuerdo mi entrenamiento, mi educación, y decido esperar a que amanezca para calcular las direcciones y avanzar hacia el norte. Aún estoy cavilando y perdido en mis pensamientos cuando la mano del gringo se posa en mis hombros. “¿Qué estás haciendo? Let’s go, let’s go, nos están esperando, ya verás”. Le pido que me espere, y en el tronco, como puedo, casi con las uñas, tallo mis iniciales, haciéndolo testigo silencioso de mi paso, ya que no tengo nada más que pueda dejar allí, en éste árbol perdido en algún lugar del camino. Me levanto con dificultad y el gringo me pasa una botella con agua. ¡Agua! Y sólo hasta este momento me doy cuenta lo sediento y deshidratado que estoy, que estaba.

Reiniciamos la caminata con Jhon siempre a la cabeza, y aunque la temperatura debe estar rondando los 15 grados centígrados, puedo sentir el viento frío contra mi piel cubierta aún por la sal de mar e intento rasparla por pedazos mientras continuamos; Jhon, ahora más taciturno, revisa los alrededores como un animal a la defensiva, como intentando oler los peligros en busca de posibles amenazas, lo que en turno hace que avancemos lenta y cautelosamente. El cielo se empieza a teñir lentamente de luz y en ese momento finalmente puedo terminar de ubicarme geográficamente, ver mi norte, literal y figurativamente, aunque realmente avanzamos hacia el noroeste; lentamente las estrellas van desapareciendo, y una sola queda ahí brillante y visible cerca al Sol: Venus, el hermoso lucero del alba. Empezamos a subir una pequeña cuesta y al llegar a la parte más alta podemos ver una casa allá, un poco más abajo. “Finally” dice el gringo, “hurry up, apúrate, ya verás” y yo, que no sé exactamente qué debería esperar ver, y que aún me siento embotado por la noche que acabo de pasar, apuro el paso trás él, hasta llegar a la pequeña casa en el valle. Está definitivamente amaneciendo.

El gringo golpea la puerta. Dos, tres veces y esperamos con la poca paciencia que nos queda, sin obtener respuesta. Un par de minutos más y Jhon golpea de nuevo, ésta vez algo más fuerte, pero con el mismo resultado. “Goddamn it, fuck this shit” exclama casi perdiendo la compostura y justo cuando va a golpear de nuevo la puerta se abre y un hombre que parece latino lo mira con aire de recién levantado. “Jhon, fucking gringo, linda hora de aparecer pendejo” dice por toda respuesta y luego añade mientras bosteza “¿se van a quedar ahí? Entren pues” dejándonos pasar.

“Huelen a diablos” dice el hombre en un tono casi jocoso, “mucho gusto” y extendiendo su mano hacia mí “me llamo Rubén pero me dicen el Guanaco” y cuando le aprieto la mano sin esperarlo me atrae hacia sí y me abraza, algo que no esperaba pero definitivamente necesitaba. Además me explica que lo de Guanaco es una referencia a su orígen -es nativo de El Salvador – y me ofrece la hospitalidad de su casa.

Su mujer, una mujer esbelta y de cabello negro y largo, sale de lo que solo puedo asumir es la habitación y después de saludarse de beso juntos se ponen a cocinar. La mujer -se llama Maria Luisa- me sirve unos huevos revueltos con algo que se ve como una arepa y un café. Ve mi cara dubitativa y solo atina a decir “es una pupusa, ándele” con tono comprensivo y yo, más bien por compromiso le doy un mordisco y seguramente ella ve algo en mi rostro. “¿Bien que le gustó, no? Éste maje” y se sienta entre risas, mientras yo me como de manera atropellada los huevos y las pupusas junto al café. Los otros, divertidos, desayunan lentamente mientras me observan, casi como una atracción de circo, pero para ser franco tengo hambre y como y Maria Luisa pacientemente me sirve más café con  pupusas hasta que por fín quedo satisfecho.

Cuando ha pasado el hambre, con algo menos de timidez, pregunto si puedo bañarme. “Claro que sí maje” responde Rubén, quien me indica el que asumo es el único baño. “Allá están las toallas”, así que agradezco y voy. Mientras me baño y me quito los pedazos de sal de mar con agua tibia pienso en el camino que aún falta y en que no tengo verdaderamente ropa para cambiarme. Salgo con la sincera intención de lavar mi ropa y me encuentro con una muda completa y mi propia ropa desaparecida. “Espero que sea de tu talla”, dice Rubén sin mucha delicadeza y de nuevo lleno de vergüenza me visto y por primera vez en éste país siento que puedo respirar, sentir el simple vaivén del inhalar y exhalar. Me miro en el espejo y paso mi mano por mi rostro cubierto por una barba rala y no tengo manera de saber cuándo podré afeitarme, así que por ahora tendré que acostumbrarme a ésta textura.

Ya vestido y alimentado, miro a Jhon de manera silenciosa, como preguntándole qué sigue. El gringo parece leerme la mente, “descansa un par de horas, aún falta una parte más, ya verás”. Miro entonces a Rubén y a María Luisa, y ésta última me lleva a una habitación con una cama sencilla: la definición perfecta de una habitación de paso y yo soy el huésped de turno. Cuando me dejan sólo miro un momento por la ventana y aunque es claro que para ellos tal vez solo es un número más, un pago más, no deja de tener cierta belleza su recibimiento lleno de calidez. Por más que intento evitarlo, caigo en un profundo sueño y en él veo los rostros que dejé allá lejos en casa y que no sé si volveré a ver: el arado de mi papá, las tizas de mi esposa, la sonrisa de mi hijo.

Siento una mano en mi hombro y de la misma manera que quise evitar dormirme, ahora quiero evitar volver a la realidad, pero aquí estamos. “Time to go” dice el gringo, y aún entre las pesadas sombras del sueño me levanto, me lavo la cara y al salir del baño me encuentro con la pareja que está terminando de empacar mis escasas pertenencias y Maria Luisa, sin que yo pueda hacer mucho al respecto, añaden un par más de esas pupusas para el camino. Ya en la puerta, me volteo y aunque ellos ya están en sus labores diarias, no dejan pasar la oportunidad. “¡Que Dios te lleve con bien!” dice Rubén con la mano en el aire, mientras yo hago lo mismo. Salimos de la casa y el gringo me lleva a un auto de finales de los 70s, un Ford Fiesta, según me dice el gringo, casi tan destartalado como aquel del otro lado de la frontera, y él está confiado en que no llamará la atención más de lo necesario.

Entramos pronto a una carretera, donde el gringo acelera y me doy cuenta que los caminos, las autopistas son mucho más grandes y rectas que las de mi país. Mi compañera de caminos solía ser una moto, maniobrable y poderosa, así que encontrarme sentado en éste espacioso auto es un contraste más que evidente en muchos sentidos. El tacómetro marca 60 y mentalmente hago la conversión, algo cercano a los 100 km/h, una velocidad que en mi país es casi imposible de alcanzar, pero acá parece ser la norma en éstas autopistas. Una señal con algunos nombres que, aunque latinos, no reconozco, y sólo un nombre resalta a mis ojos, el único que necesito conocer: “San Diego”.

Concentrado como estoy en la carretera y el ruido del motor, me toma por sorpresa el gringo diciéndome “quédate quieto, tranquilo” en una voz que no admite dudas. Unos segundos después, por el lado del conductor, pasa una patrulla, una 4×4 de color café, marcada como STATE PATROL, que apenas se fija en nosotros por un instante antes de continuar su camino como un bólido. Después de un par de segundos, exhalo, “scared?” dice el gringo y al ver que no lo entiendo, agrega “¿asustado?” y yo sólo asiento, aterrado y pensando  si ésta será mi nueva realidad, pero el ronroneo del motor eventualmente me calma y una vez más cierro los ojos. Al abrirlos y para mi sorpresa, estamos cruzando una enorme ciudad: San Diego, que me recuerda la ciudad de donde salí hace casi toda una vida, dos días para ser exacto. Además, ver de nuevo tantos letreros en mi idioma nativo me hacen sentir como uno más y no como un migrante venido desde tan lejos. En este lugar, tan lejos de casa, encuentro ese crisol de rostros y colores como la respuesta de una pregunta que una vez tuve pero que seguramente olvidé.

Es el final del Viernes y está cayendo la noche mientras llegamos a esa mole imponente que es el Aeropuerto Internacional de San Diego. Parqueamos y entramos con mi sencilla maleta, él como siempre adelante, guiándome hasta el mostrador de la aerolínea. En mi muy limitado inglés y con su ayuda finalmente compramos un tiquete y el hombre nuevamente me acompaña hasta que llegamos al punto de aduana. Jhon me mira por un momento en silencio, con un gesto casi nostálgico, “lo que sigue es simple, ya verás” y no sé si se refiere al subsecuente trámite de aduana o a la vida en general. Sabe que no nos volveremos a ver, que sólo soy una marca más en ese árbol en medio del recorrido, y me abraza, tomándome por sorpresa, aunque logro corresponderle. Le doy la espalda y sé que está ahí hasta que yo desaparezco hacia la sala de abordaje.

Un par de horas después, de nuevo el crepitar de los motores, ¡cuántos vuelos en tan poco tiempo! Y sobre todo ¡cómo quisiera que mi hijo estuviera aquí, sintiendo ésta enorme máquina surcar el cielo! Yo, por el contrario, sólo sé que es noche cerrada y he pasado por tantos husos horarios que no puedo precisar si es noche también allá en casa. Por fin estoy en la ventanilla y aunque no hay gran cosa para ver, no puedo evitar menos que estar despierto buena parte del viaje, mirando las luces de incalculables pueblos y ciudades pasar. Además, gracias a Maria Luisa y sus pupusas, es mi turno de llenar de ese dulce olor el avión, para recordarme el fragmento del camino que acabo de pasar.

Las alas se empiezan a iluminar con el resplandor del distante amanecer cuando se escucha en el altavoz del avión los mensajes indicando el inminente aterrizaje, que sucede una media hora después. Después de otro rato sentados, finalmente escuchamos la señal que indica que nos podemos desabrochar los cinturones, y con ella, se lanzan los pasajeros a tomar su equipaje. Yo solo llevo una pequeña maleta así que no tengo de qué preocuparme y espero mi turno para salir del avión, pero al llegar a la puerta un viento frío me recibe, al tiempo que escucho a una azafata mirarme con amabilidad mientras dice “Thank you for flying with us”. Me abrigo lo mejor posible mientras pienso en la diferencia entre el clima de San Diego con el del noreste, de ésta Boston que me recibe con la inclemencia de un clima mucho menos apacible. Trato de hacer algunos movimientos de calistenia como los que enseñaba en mis clases de gimnasia, a la vez que trato de pasar desapercibido.

Éste lugar es muy diferente, menos colorido y quizás más intimidante por la ausencia de alguna señal en mi idioma. Aún así, sigo las señales y ya que no espero equipaje, puedo caminar a la salida más rápidamente. Salgo y una multitud de voces y miradas están allí, cada una de ellas esperando a alguien y así, casi de la nada, un hombre aparece con un letrero con mi nombre. Al acercarse, sólo dice “serote, te estábamos esperando, en la casa hay desayuno. Bienvenido”.

Es Sábado Santo. Hace frío. He estado huyendo antes. He sentido miedo antes. Pero ya no más.

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