RULFO, UN RECUERDO QUE NO SE APAGA

Autorretrato de Juan Rulfo en el nevado de Toluca, década de 1940 (foto: Fundación Juan Rulfo).

En los cien años del natalicio de Juan Rulfo, Hispanophone rinde un sencillo homenaje a la obra del escritor mexicano. He aquí un testimonio.

Por David Arias

Quiero contarles muy brevemente cómo llegué a la obra de Juan Rulfo y cómo esta cambió mi forma de ver y entender la literatura.

Yo estaba en la secundaria. Debía andar por los trece o catorce años y estar en tercero o cuarto de bachillerato (u octavo o noveno, como dicen en mi país de origen).

De vez en cuando, en clases de español, leíamos alguna obra literaria: una novela, algún cuento, y más raramente, un poema (alguna vez hubo un concurso de declamación, pero ese sería tema para otra ocasión). Utilizábamos para ese entonces un texto escolar llamado “Español sin fronteras”, un libro que, como lo hacen otros, se permitía el lujo de compilar en sus páginas textos de Borges, Echeverría, Cortázar, Silva, Carpentier, entre otros grandes de la literatura hispanoamericana. Como es habitual, muchas de las cosas más interesantes eran dejadas de lado en los programas del curso, dedicando más tiempo a cosas que a mi juicio eran menos llamativas como, por ejemplo, saber qué es un Phillips 6.6 (¿alguien aún lo recuerda?).

Un día, cuando caía la noche, andaba yo un tanto desocupado, como lo he estado otras veces en mi vida. Y justo ese día, por cosas del azar (o llamémosle destino, para darle una aureola de importancia), decidí echarle un vistazo al libro, aventurándome en otros contenidos que no estaban destinados a ser estudiados. Fue así como en uno de esos recovecos que muchas veces se presentan en la vida aterricé de repente y sin esperarlo en un cuento llamado “El llano en llamas”, escrito por ese autor cuyo nombre ya conocía de oídas, pero al que nunca había leído: Juan Rulfo.

Quien me habló por vez primera de ese escritor fue mi hermano, quien para entonces ya contaba con cierto bagaje literario. Me dijo entonces, palabras más, palabras  menos, que este era un escritor más bien raro, pues su prestigio aumentaba a medida que pasaba el tiempo sin que algo nuevo publicara. De esta forma, cada año los lectores estaban a la expectativa de conocer qué sería lo nuevo que publicaría Rulfo, pues lo primero que publicó había sido muy bueno, y lo siguiente había sido mejor. Por consiguiente, la gente esperaba que lo siguiente fuera todavía más bueno. Como es sabido, ese tercer libro nunca llegó, a no ser que se admita El gallo de oro y los guiones de cine como tal, y a no ser también que algún día se dé a conocer ese famoso texto del que tanto habló Rulfo en las entrevistas, llamado La cordillera, refiriéndose al que sería el título de su siguiente novela.

Estos recuerdos se presentan ahora como remotos y un tanto desdibujados. La conversación con mi hermano debió ocurrir mucho antes de que yo llegara por vez primera a “El llano en llamas”, y la lectura de El llano en llamas (ya no del cuento, sino del libro) fue sin lugar a dudas anterior a la lectura de Pedro Páramo. Son recuerdos que lucen ahora tan arcaicos, que a veces pienso que no forman parte de mi historia de vida, sino de mi prehistoria. En todo caso, que me hayan dicho que un escritor fuera conocido por lo poco que publicaba fue un aguijón que picó mi curiosidad. No se trataba de que Rulfo no hubiese vuelto a escribir, o que por lo menos no lo intentase, pues está visto que sí escribió aun después de Pedro Páramo (entre otras cosas, documentos de carácter histórico y antropológico en el contexto de su labor en el instituto de investigaciones indigenistas para el que trabajó, además del ya citado El gallo de oro y de los guiones de cine, a los que Rulfo consideraba textos menores). Rulfo siguió escribiendo, de eso no cabe duda, lo que pasa es que no volvió a publicar literatura, pues quizá se dio cuenta de que lo que fuera que publicase en adelante no lograría superar lo que ya había publicado. Este detalle, por supuesto, no es un detalle menor, y contiene un mensaje poderoso que bien pudiera ir dirigido a tantos escritores y aspirantes a escritores de los tiempos actuales, quienes se esfuerzan por publicar a como dé lugar. Ya lo decía, además, algún escritor, si no estoy mal García Márquez, en uno de sus talleres sobre escritura (y no sé si era una frase original de García Márquez o si estaba citando a otro escritor de quien la había tomado prestada): “a un escritor no se le conoce por lo que publica, sino por lo que destruye”. Desde luego, el caso de Juan Rulfo es paradigmático en este sentido.

Volviendo entonces a aquella tarde en que le daba un vistazo al “Español sin fronteras”, quise adentrarme en la lectura de ese maravilloso cuento intitulado “El llano en llamas”. Ya había leído en el Pequeño Larousse, que en ese entonces equivalía a lo que hoy es Wikipedia, que los relatos de Rulfo eran angustiosos. Y yo me preguntaba, a partir de esa referencia, cómo podría un escritor transmitir un sentimiento de angustia a través de sus palabras. No albergo dudas de que esa fue otra de las razones por las que quise leer a Rulfo: quería conocer, a través de sus palabras, una sensación desconocida para mí como era la angustia. Vistas las cosas de este modo, llegar a Rulfo fue simplemente la consecuencia natural de algo que ya venía cocinándose dentro y fuera de mí desde hacía algún tiempo.

De no ser porque suena a lugar común y porque muchos lo han dicho ya para referirse a toda clase de experiencias, diría que ese primer encuentro con “El llano en llamas” fue para mí una revelación. Lo que esa noche de un día cualquiera se forjó en mi mente fue la conciencia de estar leyendo algo distinto y fuera de lo común. Y con esto mismo se fue formando la idea de que si algo así podía ser escrito y ser leído como literatura, uno podría tener derecho a intentar ser escritor.

Una de las características que sobresale de “El llano en llamas” y que me sorprendió mucho en su momento fue la aparente sencillez de su lenguaje. Un lenguaje simple, como el mismo título del cuento, y también como el mismo nombre del autor, que sintetiza bien la esencia de su obra, marcada por la brevedad y la contundencia, salpicado por mexicanismos sonoros cuyos significados desconocía. Al leer “El llano en llamas”, sentí como si hubiese acabado de leer algo escrito por un campesino, o en todo caso, por una persona común y corriente, y no por un hombre letrado, como lo era Rulfo. Y esto me hizo pensar, casi automáticamente, que la literatura era muy accesible y democrática, casi al alcance de cualquier persona, y no una cosa de élites o de iluminados, como hasta entonces la percibía. Esa es una de las cosas que más me fascina de este cuento, de los relatos de Rulfo y del conjunto de su obra: la de hacerme creer que la literatura puede salir de lo más humilde de una sociedad y lograr un alcance mundial o universal. Esta es, a mi entender, una de las grandes virtudes extraliterarias de su obra.

Me gusta mucho, y me sigue gustando hoy en día, ese tono de oralidad del que están hechos sus textos, aspecto que también se ha vuelto un lugar común a la hora de hablar de Rulfo (después de todo, ¿qué puede uno decir hoy sobre la obra de Rulfo que no haya sido dicho antes?). Oralidad que inspiró a muchos a querer seguir sus pasos y a tratar de escribir cosas similares a El llano en llamas y a Pedro Páramo (yo mismo, si soy honesto, tendría que incluirme en dicha lista de “seguidores”).

Cuando leo las críticas y valoraciones sobre la obra de Juan Rulfo, encuentro que, por regla general, estas suelen ser muy elogiosas (pese a que algunos acusan su estilo escueto y lacónico). Recuerdo a alguien que encomió a tal punto la obra del escritor jalisciense, que situó a Pedro Páramo a la altura de libros tan importantes para la cultura occidental como La Biblia y La Divina comedia, esmerándose, por otra parte, de subrayar que dicho libro había sido creado por un “humilde escritor mexicano”. También recuerdo haber leído una entrevista con Rulfo en la que el entrevistador, Ángel Becassino, lograba sacarle ciertos secretos de su vida personal (vaya uno a saber si eran ciertos) y provocarle algunas reflexiones histórico-antropológicas acerca de la conquista y la condición del indígena en México.

¿Cómo no recordar los pasajes estremecedores de “No oyes ladrar los perros” y las recriminaciones del padre a su hijo, Ignacio, por lo mal que se ha portado y la maldición que le hace a él y a la parte de su sangre que le ha tocado? ¿Cómo no recordar el comienzo de Pedro Páramo  y el final de ese primer párrafo, cuando las manos de la madre de Juan Preciado aún estaban entrelazadas con las de este cuando ella muere?  ¿Cómo no recordar el final lacónico de “El llano en llamas”, cuando el narrador declara humildemente haber agachado la cabeza en presencia de su hijo como un acto de contrición por sus fechorías cometidas? (y aquí se recrea nuevamente el conflicto entre padre e hijo, al igual que en “No oyes ladrar los perros”). ¿Y cómo no evocar ese grandioso cuento, al parecer no muy estimado por el propio Rulfo, de “Un pedazo de noche”, que entre otras cosas transcurre en un ámbito urbano, a diferencia de la mayor parte de sus relatos, en el que un sepulturero se enamora de una prostituta que carga un hijo? ¿Cómo no estremecerse ante la reiterada súplica del protagonista de “Diles que no me maten” y su final atroz?

A uno puede gustarle o disgustarle la obra de Rulfo. De hecho, uno de sus “detractores”, por así llamarlo, lo conocí no hace mucho tiempo en el programa de estudios hispánicos. Se trataba de un estudiante, también mexicano, que prefería la literatura de Cortázar y del mismo Arreola (también jalisciense como Rulfo), pues la obra de Rulfo tenía algo que, en su opinión, le chocaba y le disgustaba, aunque no sabía muy bien qué era.

Es posible que con el tiempo uno vuelva a visitar a un autor y se encuentre con que lo que en su momento juzgó como grandioso y maravilloso ya no lo resulte tanto y que esas palabras que imprimieron un sello de fuego en el alma de uno se vuelvan  con el tiempo un recuerdo pálido de lo que fueron. También sucede que hay ciertos libros que uno visita con la frecuencia e intensidad con la que uno se reencuentra con las viejas amistades. Pues bien: a algo así se parece mi relación con Rulfo y con su obra. Es un autor que siempre está allí, silencioso pero presente, al que vuelvo cada vez que experimento la necesidad de leer algo realmente bueno. ¿No es un placer para el que gusta de la lectura abrir por casualidad una página de Pedro Páramo y encontrarse con frases como: “Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente”, “El pájaro burlón que regresaba de recorrer los campos…”, “La madrugada fue apagando mis recuerdos”, o aquel pasaje memorable en el que un hombre al que llaman el Tartamudo pregunta por Pedro Páramo para referirle la muerte de Fulgor Sedano diciendo: quiero hablar cocon él (…), dile, cucuando regrese, que vengo de parte de don Fulgor (…) dile que es cocosa de urgencia”, etc., etc.?

Confieso que hacía tiempo no lo hacía. Lo he vuelto a hacer para citar las frases de arriba y escribir esta nota que me ha hecho rememorar algunas cosas que creía olvidadas. Pues también sucede que como bien lo escribió el mismo Rulfo en alguna parte de su novela: “no hay recuerdo, por intenso que sea, que no se apague”. Así que una forma de evitar que los recuerdos se apaguen es avivar de vez en cuando esa llama que los devuelve a la vida.


David Arias es integrante del comité editorial de la Revista HispanophoneLea más artículos del autor.