Idiomas imaginarios en América Latina

Las lenguas de Tlön en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” de Borges corresponden a momentos importantes de cambios discursivos, culturales y tecnológicos en América Latina. (foto: mir-s3-cdn-cf).

Idiomas espectrales: una aproximación sobre las lenguas inventadas en la literatura moderna y contemporánea, y su relación con la historia y sus instituciones.

Confiemos en que, cuando llegue el día del Segundo Advenimiento, Dios
eche a todas las letras fuera de la tierra.
Eugenio Montejo, El Cuaderno de Blas Coll

Por Juan Cristóbal Castro

En Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal hay una escena reveladora. Se da al calor de una discusión entre un grupo particular de personajes: Pereda, que es Borges; Telvel, que es Jacobo Fijman; Solveig Amundsen, que es Norah Lange; Bernini, que es Raúl Scalabrini; y, claro está, el mismo Adán, que es Marechal. Allí el mago Schultze explica con entusiasmo: “el Neocriollo será el producto natural de las fuerzas astrológicas que rigen a este país”. Además para él tendrá “no los cinco sentidos que se reconocen en Occidente, sino los once de Oriente”, sin obviar que estará “destinado a realizar las grandes posibilidades americanas” (22).

La referencia al “neocriollo” no es una invención de Marechal. El idioma existió de verdad. Fue una de las propuestas de lengua imaginaria que ideó el famoso pintor vanguardista argentino Xul Solar, modelo que inspiró la creación de Schultze. Buscaba originalmente fundir dos lenguas que se hablaban en América: el español y el portugués; luego, empezó a incluir el guaraní, el inglés e incluso el alemán. Tenía una ambición continental, recogiendo así el espíritu americanista tan en boga a comienzos del siglo veinte gracias a las corrientes vitalistas que entraban desde Europa y la nueva geopolítica panamericana.

También seguía, por otro lado, las demandas por buscar una lengua universal propiciadas por los inventores del Volapük o el Esperanto, sin menospreciar los experimentos de las vanguardias que buscaban crear una lengua poética propia que lograra crear las condiciones para el cambio social y político. Quizás por eso Marechal en la obra la define con las siguientes palabras: “El idioma del Neocriollo será entre metafísico y poético, sin lógica ni gramática” (24).

El otro proyecto verbal que llevó a cabo Xul Solar, casi paralelamente al anterior, fue por cierto el que dio en llamar “pan lingua”. Este idioma buscaba satisfacer aun más la demanda por una nueva lingua franca, combinando en él las matemáticas con otras artes como la pintura o la música. “Y si el neocriollo –nos dice el crítico Matías Rodeiro- estaba destinado, como lengua auxiliar, a la comunicación entre los pueblos de América, su neo-lengua universal sería un idioma complementario, para la comunión de los habitantes de tres panbloques” (“Xul. Más allá del idioma” 227). Estaría conformado así por una base numérica -duodecimal-, sería monosilábico y trataría de superar la gramática. Todo un trabajo utópico que sigue las lógicas de la creación de una lengua internacional, siguiendo razones geopolíticas.

Ambos, en todo caso, son tendencias que reviven y se hermanan, sin dejar de lado sus diferencias, desde un sentido experimental con la jintajáfora de Mariano Brull, el poloise de Huidobro, o desde una perspectiva más identitaria con la “lengua nacional” de Mário de Andrade y la “ortografía indoamericana” de Fransisqo Chikiwanka Ayulo. Lo curioso es que muchas de estas propuestas se quedaron un poco en el papel, pero tiempo después –así como sucedió con el neocriollo en la obra de Marechal- reaparecieron en la narración como ficciones lúdicas, juegos lingüísticos, artefactos verbales, con un intenso poder de fascinación.

Por un tiempo la presencia de idiomas imaginarios en la literatura latinoamericana fue toda una obsesión. Coincidiendo con el “giro lingüístico” en las ciencias sociales y la filosofía, desde las reflexiones de Alfonso Reyes, pasando por los estudios de Jorge Schwartz o David Lagmanovich, la creación de lenguas ficticias se convirtió en un medio para pensar el lenguaje y la literatura desde un punto de vista lúdico y experimental, no sin destacar ciertos rasgos de apropiación nacional o latinoamericana, de crítica poscolonial. También  Saul Yurkeviech o el mismo Severo Sarduy  pensaron el tema con los visos que describo.

Quiero proponer un análisis de este fenómeno eludiendo el acercamiento puramente verbal y estético, como un simple ejercicio de erudición linguístico o de búsqueda identitaria, y busco pensarlo desde una perspectiva que podríamos identificar, a falta de otro rótulo, como “trans-disciplinaria” (1). Me concentro en eso que una vez Umberto Eco definió como “lenguas ficticias”, que fueron labradas según él con fines “”satíricos” o “poéticos”, pero que yo leo y analizo, sin menospreciar esa dimensión, más bien como una forma de posicionarse frente a ciertas tradiciones y políticas de los estados nacionales, revelando a su vez algunos cambios que han generado las materialidades técnicas y la presencia de nuevos dialectos de la urbe moderna.  De esta forma he tratado de sacar estos idiomas de sus obras para pensarlos en relación con variables culturales, materiales, nacionales desde una perspectiva que podría ser política en el sentido más amplio y plural del término, un poco como Jacques Rancière lo pensaría, es decir, menos como un ejercicio de lucha y toma del poder, que como un trabajo de redistribución del espacio y el tiempo del campo de lo perceptible.

Para ello he dirigido mi análisis en tres direcciones que se relacionan entre sí. La primera es inmanente a la creación: ver cómo estos artefactos verbales se relacionan con la poética del autor, en su concepción literaria y estética, teniendo en cuenta que muchos de ellos son producto de sus reflexiones sobre el estilo que quieren trabajar, sobre el lenguaje literario que quieren reproducir, llevados por su puesto a la parodia o al extremo. La segunda es más cultural e histórica: analizar su relación crítica frente a los discursos y las políticas sobre la “lengua estándar” de los Estados-nacionales, sobre todo en la manera como se ensamblan sus dispositivos técnicos y de enunciación. La tercera es medial: estudiar su relación con las tecnologías y materialidades de la época en la que surgen, teniendo en cuenta la posible influencia de estos dispositivos sobre las nuevas prácticas escritas que permitieron una mayor experimentación con el lenguaje, así como una conciencia más profunda de otras dimensiones y espacios de sonoridad.

Para dar con todo ello he dividido este recorrido en tres partes, correspondiendo a  momentos importantes de cambios discursivos, culturales y tecnológicos en América Latina. Comienzo con Jorge Luis Borges (las lenguas de Tlön en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”), no sin tocar un poco algunos experimentos vanguardistas (especialmente el cuento de César Vallejo “El secreto profesional”). Luego, sigo con Julio Cortázar (el “Gliglico” en Rayuela y el “neofonema” en El Libro de Manuel) y Guillermo Cabrera Infante (la lengua de Bustrófedon en Tres Tristes Tigres y algunos de sus despliegues experimentales en obras posteriores), momento de guerra fría y alta conflictividad ideológica y sectaria. Finalmente, en la última parte, termino con Eugenio Montejo (el “colly” en el Cuaderno de Blas Coll) y Ricardo Piglia (la lengua de la Isla en Ciudad Ausente), donde se da la crisis del Estado-nacional y el auge neoliberal. En cierta medida trato de mostrar que cada una de estas creaciones verbales corresponden con los períodos descritos, y además reaccionan claramente frente a algunas de las realidades que allí surgen.

Al final, si uno escudriña con cuidado, se verá que algunos de estos idiomas revelan una nostalgia secreta por el lugar que pretendía cumplir la lengua literaria como lengua de la nación en la era republicana del siglo XIX, donde el idioma estándar era encarnado y modelado por los estilos de los grandes escritores y donde el imaginario literario representaba en cierta medida el espacio simbólico del Estado. Ahora, lo que pareciera ser un pérdida, termina por convertirse en una ganancia: conscientes de la nueva posición marginal que ocupan ya en el siglo XX, no dejan de sacar provecho de ese espacio, valiéndose de artefactos verbales inventados, de idiomas artificiales, bien sea para mirar críticamente los nuevos dispositivos que surgen para oficializar el uso del castellano en el momento, o bien sea para rescatar viejos proyectos alternos del pasado, o bien sea para recuperar algunos dialectos y prácticas negados o menospreciados por la norma del momento.

Así, desde el repliegue de ese lugar de autoridad, la lengua literaria comienza a dialogar con estos proyectos lingüísticos, algunos de los cuales guardan esa antigua pulsión utópica de querer convertirse en el verdadero idioma de una comunidad imaginada, como si fuesen criaturas secretas de su deseo perdido, de su pasado negado. Lo interesante es que en este rescate y diálogo se abre el lenguaje a otras zonas porosas del idioma. De ahí que haya querido definir estos artefactos, siguiendo a Cecilia Sánchez en su notable libro El conflicto entre la letra y la escritura: legalidades/contralegalidades de la comunidad de la lengua en Hispano-América y América-Latina (2013), como “espectrales”, no sólo porque reviven  “restos” de tentativas frustradas de viejos experimentos verbales, sino porque encarnan dialectos, juego de palabras, inscripciones, usos y sonoridades relegados por el español oficial por distintos motivos (2).

Pensar una lengua distinta en América Latina es pensar otra relación con la lengua madre, núcleo del Estado nacional en su pacto con la comunidad hispanoamericana del idioma castellano, que da muestra de sus limitaciones, contradicciones y controles. Hacer ficción de este proceso es una manera de poner en escena esta (im)posibilidad, que rescata toda una tradición creadora que ha tratado hacer del lenguaje literario un evento de alteridad radical. Experiencia que abre y cierra un capítulo importante de la historia de la literatura moderna.

Juan Cristóbal Castro es profesor de la Universidad Pontificia Javeriana, actual Director del Departamento de literatura. Hizo sus estudios doctorales en la Universidad de California, y una maestría de literatura comparada en la Universidad Central de Venezuela. También en el pregrado  hizo la doble carrera (periodismo y letras) en la misma Universidad Central de Venezuela. Ha sido profesor en distintos recintos universitarios. Ha publicado en las revistas académicas Cuadernos de literatura (Bogotá), Estudios (Caracas) y Revista Canadiense de Estudios Hispánicos (Canadá). Ha colaborado para la prensa en importantes diarios venezolanos, tales como Tal Cual, El Nacional, El Universal y el portal en internet Prodavinci. Ha publicado los libros Alfabeto del caos: crítica y ficción en Paul Valéry y Jorge Luis Borges (2009) e Idiomas espectrales: lenguas imaginarias en la literatura latinoamericana (2016).

Notas bibliográficas:

(1) Este análisis se desarrolla extensamente en mi libro Idiomas Espectrales: lenguas imaginarias en la literatura latinoamericana (Editorial Pontificia Javeriana, Colombia, 2016).

(2) En su estudio Cecilia Sánchez se concentra en la confrontación de una lengua del susurro, del rumor o del zumbido que cuestiona los estatutos de una gramática del orden de la comunidad del habla oficial. Dentro de esa lengua distinta, que ella llama fantasmal y que ve bajo varias modalidades, yo veo muchos de los idiomas imaginarios que estudio.

Bibliografía

Eco, Umberto. La búsqueda de la lengua perfecta. Trad. María Pons. Barcelona: Grijalbo. 1994.

Marechal, Leopoldo. Adán Buenosayres. Madrid: Castalia, 1996.

Rodeiro, Matías. “Xul. Más allá del idioma (de los argentinos)”. Beligerancia de los Idiomas. Un siglo y medio de discusión sobre la lengua latinoamericana, comp. por Horacio González. 185-251. Buenos Aires: Colihue, 2008.

Sánchez, Cecilia. El conflicto entre la letra y la escritura: legalidades/contralegalidades de la comunidad de la lengua en Hispano-América y América-Latina. México: Fondo de Cultura Económica, 2013.