Rafael Cadenas: El trazado verbal/vital de una poesía

En el 2015, Rafael Cadenas ganó el Premio García Lorca de poesía. (Foto: elucabista.com).

Una revisión de la obra de Rafael Cadenas resalta la manera en que su poética se revitaliza y  se vuelve trazo plural de escritura.

Por Luis Miguel Isava (1)

Toda obra poética a lo largo de su evolución traza una paciente y minuciosa figura verborum que se va precisando a medida que tiende a su núcleo vital. Así cristalizada, aquella se convierte en un generador de sentidos; sentidos que a su vez, en una compleja circularidad hermenéutica, la definen al brindarle un fundamento. Toda obra es entonces una búsqueda de sentido y el sendero de una búsqueda. En este proceso es muy frecuente ver cómo los primeros textos de un autor pasan a ocupar una especie de periferia, un margen de esos sentidos, hasta casi conformarse como precursores del trabajo posterior, como atisbos de aquel núcleo. Y no obstante hay algunas obras que parecen no encajar en esta última descripción; obras que, producto de profundos cuestionamientos interiores, proceden más bien por rupturas, cambios de rumbo, regresos para asediar –más que aproximarse coherentemente a– esa fuente de sentidos; en algunos casos para alcanzarla, en otros para fracasar terriblemente en la imposibilidad de acceder a ella. Quizás habría que situar en este grupo la poesía de Rafael Cadenas. Desde la publicación de su primer libro en 1960 (2), cada uno de sus poemarios ha sido una revisión y hasta una reversión de los anteriores, tanto desde el punto de vista retórico como desde el de la visión poética que plantea. Por ello reexaminar este proceso es, sin duda, asistir al despliegue de un abanico de escrituras, de una pluralidad de poéticas.

Los cuadernos del destierro (1960), vinculado aún con cierta retórica de vanguardia y con elementos de una concepción visionaria de la creación poética –de allí su afinidad con Rimbaud, con quien comparte además la escritura en prosa– describían un paisaje imaginario, mítico, que era en realidad el correlato objetivo de una situación mental de exilio cuyos signos pertenecían más al orden de lo vital que al de lo geográfico (3). El yo poético encarnaba allí un personaje “segregado de las fuerzas de la naturaleza”, separado, intentando afirmarse en un discurso que subrayaba su imposibilidad real de liberación. De allí que buscara asumir su situación agudizándola hasta hacerla experiencia límite; experiencia que se refleja en el vértigo y la desmesura que se apoderan de su escritura. El poema concluye irresoluto, con la imagen significativa de un actor que, en escena, espera su libertad. “Derrota” (1963) constituye un violento cambio de dirección respecto a Los cuadernos. Poema mucho más directo e incluso testimonial en más de un sentido, mezcla no obstante, con los elementos de una existencia y una situación social precisables, otros que apuntan a una incertidumbre más radical. El poema oscila entre la irredención y la soberbia, entre la confesión y el alzarse de hombros. Falsas maniobras (1966) desde el texto que lo encabeza ya nos conduce a otro espacio verbal. Aquí se ha producido una drástica depuración de la escritura, que ahora parece marcada por un equilibrio inestable; lo imaginario ha cedido el paso casi completamente a la representación de un espacio psíquico. Alternan ahora la prosa y el versículo. El yo poético sigue constituyendo un personaje, pero éste parece atisbar una liberación (cf. por ejemplo los poemas “Mirar” y “Satori”). Sin embargo sus “maniobras” resultan vanas, “falsas”: son las trampas de una conciencia que se autoengaña para fustigarse. Una fuente significativa aparece aquí: Michaux. Cadenas reconoce haber encontrado en éste una expresión más directa, más seca, más cercana a la prosa, que sería decisiva para la elaboración de los textos de este libro. Pero tienen también en común una atmósfera cargada de obsesiones y de angustia que lo lleva por momentos casi hasta el absurdo. Intemperie (1977) configura otra discontinuidad en la textualidad de esta obra. Aunque relacionado en algunos aspectos con Falsas maniobras, su palabra parece sometida a las presiones de una nueva situación. Algunos textos se reducen notablemente: se componen de breves oraciones dispuestas en verso; sin embargo, siguen apareciendo el versículo y el poema en prosa. La intemperie es allí el resultado del abandono del “laberinto” de lo psíquico “para ponerse en manos desconocidas”. Alternando con la soledad, el ahogo en el “azufre del monólogo”, surge la noción de la realidad como una instancia ordenadora de la experiencia y el discurso, que se patentiza al final del libro: “debo llevar en peso mis palabras. Me poseen tanto como yo a ellas”. Aquí el atisbo de Falsas maniobras comienza a concretarse. Memorial (1977), el libro más extenso de Cadenas, es también una especie de eje articulador en el que confluyen todas las escrituras que ha visitado –y visitará– así como todas las poéticas que la sustentan; desde la escritura en prosa con claras alusiones a Los cuadernos, hasta la versificación –casi de palabra a palabra– que brillará en Amante; desde la visión del hombre caído, disminuido, sumido en la angustia, hasta la apertura al amor que se cumple en “la diosa”, al final del libro. Quizás este hecho explique el título del libro, así como las tres divisiones que lo componen: “Zonas”, “Notaciones” y “Nupcias”. Recapitulación y apertura, Memorial es un conjunto clave en la obra de Cadenas. Partiendo de las múltiples posturas abordadas en los anteriores poemarios, éste avanza, pausadamente hacia una nueva actitud verbal y vital. Sin embargo, ese sentido vital no se alcanzará aún, pues la angustia y el fracaso regresan al final del libro. Amante (1983) es quizás el único libro, de todos los que componen la poesía de Cadenas, que establece una estrecha continuidad con el anterior. Es este un poemario de una extraordinaria plenitud tanto en el aspecto existencial como en el discursivo. Aquí se alcanza la liberación, vanamente intentada antes, a través de un sorprendente proceso de despersonalización en la escritura que se logra gracias al recurso a unas voces poéticas que se entrelazan, se apagan, se mezclan, se confunden, sin posibilidad alguna de identificación, de identidad. Se rehuye así toda alusión a una situación psíquica de cualquier índole. La plenitud reside, pues, más que en la individuación, en la entrega; por ello se es amante. ¿No había dicho Cadenas: “paradójicamente, lo ‘otro’ es nuestra esencia”? El sosiego se apodera de la escritura. Estos textos, breves, lentos, parecen no querer interrumpir el silencio, o en todo caso dejar que sea él el que reciba sus resonancias. Cada palabra adquiere un meditado peso: el lenguaje “sólo dice bodas”.

El breve repaso de esta poesía nos permite precisar algo de lo que señalaba al comienzo: sí, como impulsada por profundos móviles, esta obra se ha visto sometida al imperativo de ensayar, con cada poemario, vías de acceso a su sentido radicalmente diferentes, heterogéneas. Basta tomar un texto de Los cuadernos, compararlo con uno de Intemperie, y comparar éste, a su vez, con uno de Amante, para percibir la distancia que existe entre ellos; distancia que casi impediría reconocerlos como de un mismo autor tanto por sus estrategias discursivas como por las experiencias vitales que los sustentan. Sin embargo es también cierto que a través de esa diversidad de escrituras, una no menos fundamental unidad va abriéndose paso, la unidad de una búsqueda cuyos rasgos se hicieron patentes al revisar sus textos. Ciertamente, se percibe en este desarrollo un intento humano de salir del círculo cerrado de la conciencia para poder recibir la vida en toda su maravillosa dimensión. Este intento se revela en la insistencia por alcanzar una impersonalización que correspondería a la liberación del encierro y a la apertura al mundo. ¿No insiste acaso el personaje, en las primeras instancias de este proceso, en su segregación, en su irredención? Recordémoslo, él es un desterrado psíquico, un extranjero en todas partes. Y no obstante, al final, lo encontramos abierto, entregado a “lo otro”; ha dejado de ser, para deberse a ello –a ella. Podríamos decir entonces que cada estadio de esta evolución es una nueva tentativa para lograr esa recepción pura; tentativa que a la postre resulta impracticable, un callejón sin salida. Por ello la necesidad de acudir a una alternativa esencialmente diferente, puesto que existe un sentido, más o menos definido, que se ha de asediar. Es éste el imperativo de esta poesía que conjuga tan singularmente diversidad y unidad.

A pesar de lo dicho, el panorama anterior está incompleto. Existe un “libro secreto” de Cadenas; un libro que aunque no ha sido publicado íntegramente –han aparecido algunos de sus textos en revistas nacionales e internacionales; incluso circuló hace algunos años una versión mecanografiada–, ha gravitado sobre el itinerario de su poesía. Me refiero a Una isla (inédito; fechado 1959). Este es un libro marcado por la concreción de un espacio, por un ámbito geográfico precisable, es tal vez el libro más sensorial de Cadenas; casi podría decirse que el único si se tiene en cuenta que Los cuadernos encarnan en parte un viaje mental. Otro rasgo lo distingue: una plenitud real, transformada luego en evocación ante la conciencia de su pérdida. De esta forma, desde un contacto inicial con lo real (la naturaleza, el amor) en Una isla, hasta la apertura impersonal y alegórica que se cumple en Amante, las diferentes poéticas asumidas por Cadenas (4) no han buscado sino recuperar, transfigurados, los elementos de aquella experiencia inicial (cf. el texto “Lo guiaste” de Amante). Por ello parece, hasta el momento, haberse culminado un ciclo poético-vital al recuperar aquella primera “felicidad” –ahora expandida por estar despojada de lo biográfico, de lo accidental. Cabría tal vez esperar que comience otro ciclo, otro giro en la espiral que esta obra va trazando; éste comportará quizá un cambio radical de perspectiva, pues que intentará aproximarse cada vez más a un sentido. En todo caso es en el paso de una vivencia inicial plena y personal a una entrega a la plenitud de ser-en-el-mundo, que podemos entrever la compleja figura que parece ir suscitando esta poesía.

(1992)

Postscriptum, 2016:

En efecto se cerraba un ciclo con la publicación de Amante. El siguiente libro de Cadenas, Gestiones (1992) presentaba en efecto una apertura hacia nuevas búsquedas, aunque conservaba lo que en adelante sería su dicción característica. Allí se rinde homenaje explícito a artistas y escritores que en algún sentido han nutrido la reflexión y la exploración de Cadenas. En cierta forma, el libro representa –y esto lo separa hasta cierto punto de la espiral evolutiva antes descrita– una “defensa e ilustración de la poesía”, incluso del arte. Y no obstante esta instancia alternativa, su siguiente poemario, Sobre abierto (2012), vuelve de manera rotunda al espacio verbal alcanzado en Amante: será esta la dicción definitiva de Cadenas, su “voz alcanzada”, mezcla de inmediatez y abstracción, de precisión y silencio: la del “que quiere ser vida/ hablada”. La figura verborum ha alcanzado así su más perfecto delineamiento: “concluido el viaje/ sentimos que en nosotros/ –ya no rehenes/ de la esperanza–/ había nacido/ otro temple”.

Luis Miguel Isava (Caracas, 1958), escritor, traductor y teórico de la literatura y el arte, es PhD. en Literatura Comparada. Ha escrito un libro sobre la obra poética de Rafael Cadenas, Voz de amante (Caracas, 1990) y un libro sobre teoría poética contemporánea, Wittgenstein, Kraus, and Valéry. A Paradigm for Poetic Rhyme and Reason (New York, 2002). Ha publicado trabajos académicos y ensayos sobre teoría, literatura, cine, música y arte en revistas nacionales e internacionales. Ha traducido a Saint-John Perse, Canto para un equinoccio (Caracas, 1991) y a Steiner, Presencias reales (Caracas, 1989). Acaba de publicar en España, en un volumen colectivo, el extenso ensayo “Lo indescifrable que engendra un infinito apetito de desciframiento. Hacia una lectura no-hermenéutica de la poesía de Lezama” (Asedios a Lezama Lima. Madrid: Verbum, 2015). En la actualidad prepara un libro sobre la influencia de los artefactos culturales en la conformación de la experiencia, redefinida ahora a partir de dicha influencia.

Notas

(1) Este texto fue publicado en la tercera edición de la Antología de Rafael Cadenas en: Monte Ávila Editores, Caracas, 1996. Para esta edición de Hispanophone Luis Miguel Isava pone al día el texto con un post-scriptum 2016. (Todas las notas al pie de página son de dicha Antología).

(2) No hablo aquí de su libro de juventud, Cantos iniciales.

(3) Este elemento establece una diferencia fundamental entre Los cuadernos y el Cahier de un retour au pays natal, de Césaire, con el que se lo ha comparado. En el libro de Césaire el paisaje no es sólo marcadamente concreto, sino que además está cargado de un fuerte contenido social que no aparece en el libro de Cadenas.

(4) Es también violento el cambio de escritura y perspectiva que se produce entre Una isla y Cuadernos.