El cuerpo de la mujer en el narcocine mexicano

Fuente: www.movie-poster-artwork-finder.com.

Feminicidios al norte de México, violencia patriarcal, mafias y narcocine: un análisis certero sobre el papel del cine en la construcción del cuerpo femenino.

Por Gabrielle Pannetier Leboeuf  

En México, y sobre todo en la frontera con Estados Unidos, la violencia asociada al narcotráfico ha subido drásticamente en las últimas décadas, situación que ha afectado a las mujeres de una manera particular. Entre 1993 y 2010, únicamente en el Estado de Chihuaha, al norte del país, más de quinientas mujeres han sido asesinadas y más de mil han desaparecido (Fregoso y Bejarano 2010: 6). El fenómeno se ha vuelto tan alarmante que se ha recurrido a los neologismos femicidio (Radford y Russell 1992) y feminicidio (Lagarde y de los Ríos 2010) para calificar esta nueva realidad. Con el tiempo, se ha comprobado la existencia de una relación paralela entre el aumento de los feminicidios —la mayoría de las veces impunes (Pantaleo 2010)— y la multiplicación de las actividades de los carteles de drogas en las zonas fronterizas con los Estados Unidos (González Rodríguez 2002). La importancia que tiene ahora el narcopoder en la sociedad y en el imaginario mexicano es tal, que este encuentra actualmente eco en una multitud de manifestaciones culturales que pertenecen a la llamada narcocultura (González 2014; Rincón 2013; Rojas-Sotelo 2014; Sibila y Weiss 2014), ya sea en la literatura (García Niño 2013; Zavala 2014), en la canción (Simonett 2001; Wald 2002) e incluso en la moda (Héau-Lambert 2014). El narcocine puede ser considerado también un nuevo género dentro de las expresiones artísticas de la cultura narco.

El presente artículo pretende dar algunas pistas sobre las maneras en que el poder masculino emanado del narcotráfico influye en las imágenes del cuerpo femenino en dos películas de ficción del narcocine mexicano del siglo XXI: el largometraje Miss Bala de Gerardo Naranjo (2011) y el cortometraje El otro sueño americano de Enrique Arroyo (2004). Más específicamente, se analizará cómo el cuerpo de la mujer es presentado en estas obras a manera de espacio de expresión de la dominación patriarcal asociada a la violencia surgida con el narcotráfico.

Breve sinopsis de las obras del corpus

La película El otro sueño americano (2004) es un cortometraje de diez minutos que recrea la violencia física y verbal sufrida por una joven adolescente de Chiapas en su intento por cruzar la frontera con los Estados Unidos en busca del “sueño americano”. Sin embargo, su sueño se quiebra rápidamente al darse cuenta de que el hombre que la está llevando en su carro tiene la intención de entregarla, una vez pasada la frontera, a un estadounidense que se dedica al tráfico de mujeres. Todo el corto está rodado con el mismo encuadre, presentando a la protagonista únicamente desde el punto de vista del tablero del carro. Mientras que el discurso y los insultos del conductor llenan la banda sonora, el encuadre fijo centrado en la mujer permite detallar cada una de sus reacciones frente a lo ocurrido.

El largometraje de ficción Miss Bala (2011), por su parte, cuenta la historia de Laura, una joven mexicana de la ciudad fronteriza de Tijuana que sueña con ganar el concurso de Miss Baja California para escapar de su situación precaria. Durante un tiroteo en una discoteca, Laura es separada de su amiga Azucena, por lo que emprende su búsqueda. En medio de este proceso, se dirige a la policía pero esta la entrega a La Estrella, el grupo de narcotraficantes responsable del tiroteo. Laura terminará cautiva del jefe del grupo, quien la usará para llevar a cabo distintas misiones de sus actividades ilícitas.

La mujer violentada como objeto pasivo del narcopoder

Por una parte, se puede entender la violencia ejercida contra las mujeres en las tramas de las películas estudiadas como una de las facetas de las políticas asesinas características del narcopoder. Efectivamente, al tratar a las mujeres como seres desechables que están a su disposición y sin ningún valor propio, los narcotraficantes ejercen sobre los personajes femeninos una violencia que corresponde a lo que el poscolonialista Mbembe (2003) denomina necropoder, es decir, el poder de muerte o de vida que se ejerce sobre un grupo o una población. Ahora, si bien la reproducción cinematográfica de esta violencia misógina sobre los cuerpos de las mujeres cumple cierta función denunciadora, encierra al mismo tiempo a los personajes femeninos en un rol pasivo, negándoles su agencia (Butler 1990), es decir, su capacidad de actuar por su propia cuenta y de tomar decisiones como sujetos activos. Este tratamiento unívoco de las relaciones hombre-mujer en las dos obras seleccionadas lleva, por tanto, a una representación problemática de los personajes femeninos como víctimas sistemáticas de la necropolítica de la zona fronteriza sin presentar otro modelo más empoderado (‘empowering’) de mujer.

En Miss Bala, Laura Guerrero, la protagonista, es forzada a tener contactos sexuales no deseados con Lino Valdez, el jefe del grupo de traficantes La Estrella. Lino promete ayudarla a encontrar a su amiga Azucena (“Suzu”) y, además, usar sus contactos para permitirle entrar en el concurso de belleza. De cierta manera, Lino le roba a Laura el control sobre su propio cuerpo así como la posibilidad de disponer del mismo como ella lo desee. Además de convertirla en su objeto sexual, la protagonista efectúa también el trabajo de mula, cruzando la frontera con fajos de billetes debajo de su ropa y pegados a su cuerpo con cintas adhesivas. El cuerpo de Laura también sirve a los fines del grupo criminal cuando su belleza física, su juventud y su recién adquirido título como Miss Baja California, son utilizados para seducir al General Salomón Duarte, un militar de las fuerzas policiales a quien los esbirros de Lino intentan matar. La triple instrumentalización del cuerpo femenino como herramienta sexual, como mecanismo para transportar dinero a Estados Unidos y hacer negocios ilícitos, así como objeto de seducción y de atracción, es representativa de la falta de elección que tiene el personaje de la mujer en cuanto a la disposición de su cuerpo en la película de Naranjo. En varias ocasiones, además, Lino llama a Laura “Canelita”; al hacerlo, le impone verbalmente una identidad que la encierra en su cuerpo, definiéndola únicamente por sus atributos corporales (su piel de color canela) y reduciéndola a un objeto estético producido, una vez más, para la mirada masculina.

La película de Naranjo termina con la captura de Laura por los militares, en cuanto miembro del grupo La Estrella, y con su liberación en un lugar remoto y no identificado. A pesar de que no se sabe con certidumbre lo que le ocurrirá a Laura, es presumible que esta no logrará encontrar un final feliz.

En cuanto al cortometraje El otro sueño americano, sus diez minutos de duración están cargados de violencia física y psicológica dirigida hacia la joven Ingrid que quiere cruzar la frontera. El conductor, Genaro, la llama “puta”, “cabrona”, “puerca”, le da cocaína, la golpea y la obliga a hacerle una felación. Además, la ata al carro con esposas, obligándola sádicamente a escuchar las atrocidades de las que será víctima por parte de los hombres a quienes será entregada. Mientras Ingrid llora, Genaro le cuenta, también con detalles, lo que le pasó a otra mujer cuando estos mismos hombres la torturaron antes de matarla. La película termina con la venta de Ingrid a un estadounidense y deja claro que no existe para ella otra salida que la violación, la tortura y la muerte.

Al analizar con detenimiento la forma cinematográfica de este cortometraje, es llamativo el hecho de que el encuadre fijo, y por tanto opresivo, encierre al personaje femenino en la pantalla como otra cárcel más de la que no es posible escapar. Así, la protagonista es prisionera tanto del hombre que la está llevando a los Estados Unidos como de la pantalla, doblemente sometida y privada de su plena libertad de acción. Este tratamiento, que definitivamente recrea la opresión de la mujer tanto por la forma agobiante del cortometraje como por la violencia de los diálogos y de las acciones de los personajes masculinos, inscribe la narcoviolencia tanto en la corporalidad del personaje femenino como en la materialidad del filme. Más aún, el hecho de que el punto de vista sea orientado hacia ella y no hacia su interlocutor, hace eco a las críticas de la teórica de cine feminista Laura Mulvey (1975). Para Mulvey, la dominación del cine por un punto de vista masculino altera las imágenes de la mujer, presentándola como objeto de la mirada masculina y no como sujeto.

Una denuncia que violenta

A la luz de estas consideraciones, afirmamos que aunque la falta de agencia o de capacidad de acción de los personajes de Laura e Ingrid se inscribe dentro de un proceso de denuncia cinematográfica del sometimiento corporal femenino a la narcoviolencia patriarcal, se puede criticar la fatalidad con la que las dos películas recrean y perpetúan las representaciones de género, contribuyendo a la naturalización cinematográfica del discurso patriarcal sobre la mujer, tal como lo denuncia la profesora y analista de cine Barbara Creed (1987).

Efectivamente, aunque a muchas de las mujeres mexicanas desaparecidas, torturadas, violadas, secuestradas y asesinadas les ha sido robada la agencia sobre sus cuerpos, y aunque no sería conveniente atenuar el drama humano que vive México ni negar la gravedad de los feminicidios de la frontera, el hecho de representar a las protagonistas de las obras de Arroyo y de Naranjo como el objeto de la voluntad, del deseo y de la violencia del hombre, no contribuye a la construcción de una emancipación femenina en el imaginario mexicano o de un modelo de personaje femenino fuerte que logre sobrevivir al narcopoder masculino y superarlo. No estamos proponiendo minimizar la importancia de la narcoviolencia patriarcal en México, ni mucho menos negar su existencia; la apuesta es por una reivindicación de las representaciones femeninas en el espacio cinematográfico por fuera del arquetipo de mujer-víctima-débil-dominada frente al narcotraficante hombre-verdugo-fuerte-dominante.

Películas como Miss Bala y El otro sueño americano han acertado en llevar a la pantalla la difícil realidad que sufren las mujeres en un contexto de narcoviolencia; esta denuncia cumple un papel fundamental en la toma de conciencia de la gravedad y de la magnitud de esta problemática y sus repercusiones sobre las mujeres. Sin embargo, parece que la imposibilidad de superar la imagen de una mujer sin recursos ni esperanzas frente a las necropolíticas del mundo narco refuerza y afirma la fatalidad del destino de las mujeres en el mundo patriarcal violento de la frontera estadounidense. En el marco de una investigación futura, cabría preguntarnos en qué medida el tratamiento del tema por directoras mujeres difiere de esta aproximación masculina, posibilitando la presentación de una voz y de un punto de vista que rompan con el cine hecho por y para hombres.

Gabrielle Pannetier Leboeuf está actualmente terminando su maestría  en Estudios hispánicos en la Universidad de Montreal, y empezará su doctorado en 2016 en cotutela entre la Universidad de Montreal y Paris-Sorbonne (Paris IV). Sus campos de investigación son el cine hispánico contemporáneo y los estudios culturales. Se interesa también a las cuestiones de género y a la representación de las mujeres en las artes audiovisuales latinoamericanas, tema que trabajará en su tesis doctoral sobre la violencia hecha a la imagen de la mujer en el narcocine mexicano. Lea más artículos de la autora.

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